Vargas Llosa: El último gigante del boom, el dandy de Madrid y la pluma que nunca se rindió
La muerte de Mario Vargas Llosa a los 89 años cierra el capítulo de uno de los escritores más brillantes del siglo XX
La literatura hispanoamericana ha perdido a uno de sus gigantes. Mario Vargas Llosa, autor de obras fundamentales como La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La fiesta del chivo, ha fallecido en Lima este 14 de abril de 2025, a los 89 años. Su legado literario, político y sentimental se entrelaza en una vida que, como sus novelas, estuvo llena de pasión, convicciones, rupturas y reconciliaciones.
Aclamado internacionalmente, Vargas Llosa fue el último gran representante del llamado ‘boom’ latinoamericano, al lado de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Su prosa exigente y su mirada lúcida sobre las estructuras del poder lo convirtieron en una figura indispensable. Pero, más allá de sus méritos literarios —que lo llevaron a ganar el Premio Nobel de Literatura en 2010, además del Cervantes, el Rómulo Gallegos y el Príncipe de Asturias—, fue también un personaje profundamente humano, marcado por contradicciones, ideales y amores intensos.
La literatura como destino
Desde que publicó su primera novela en 1963, La ciudad y los perros, Vargas Llosa rompió moldes. Aquella obra, basada en su experiencia en el colegio militar Leoncio Prado, fue recibida con escándalo en Perú: varios oficiales llegaron a quemar ejemplares del libro. Pero para el joven escritor fue el inicio de una carrera vertiginosa.
En los años 60 y 70, se consolidó como una de las voces más potentes de la narrativa en español. Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo exploraron el poder, la corrupción y el desencanto, temas que continuaron marcando su obra incluso en los últimos años. En Tiempos recios o Cinco esquinas, regresó con madurez a los temas políticos latinoamericanos, desnudando los mecanismos de la manipulación informativa y las dictaduras.
El compromiso político
Vargas Llosa no fue solo escritor: también fue intelectual comprometido. En su juventud coqueteó con el comunismo, fascinado por el sueño utópico que prometía la Revolución Cubana. Pero tras el caso Padilla y el giro autoritario del régimen castrista, rompió con la izquierda y adoptó un liberalismo humanista, de raíz ilustrada, que defendió con pasión y polémica.
En 1990 se lanzó a la presidencia del Perú como candidato del Frente Democrático (FREDEMO), con un programa modernizador, liberal y radical. Perdió ante Alberto Fujimori, pero aquel paso marcó su evolución como figura pública. En adelante, participó activamente en el debate político, opinando sobre la situación de Cuba, Venezuela o Nicaragua, y defendiendo sin complejos la democracia liberal frente a los populismos de todo signo.
Una vida amorosa agitada
Como en sus novelas, la vida amorosa de Vargas Llosa fue una mezcla de intensidad y escándalo. En 1955, se casó en secreto con Julia Urquidi, su tía política, 14 años mayor que él. Aquella historia fue la semilla de La tía Julia y el escribidor, y también de una ruptura dolorosa que dejó cicatrices en ambos.
Su segundo matrimonio fue con Patricia Llosa, su prima hermana. Con ella tuvo tres hijos: Álvaro, Gonzalo y Morgana. Patricia no fue solo esposa, sino compañera intelectual, gestora, correctora, y en muchos sentidos, el pilar discreto de su vida durante más de 50 años. Le rindió homenaje en su discurso de aceptación del Nobel: “La prima de naricita respingada con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años”.
Pero en 2015, ocurrió un giro inesperado: Vargas Llosa inició una relación con Isabel Preysler, la “reina de corazones” de la prensa rosa. La ruptura con Patricia conmocionó a su entorno. Sus hijos vivieron el episodio con dolor: semanas antes de conocerse el nuevo romance, la familia celebraba las bodas de oro del matrimonio en Nueva York. La reacción de Patricia fue firme, y llegó incluso a enviarle una carta a Isabel Preysler advirtiéndole: “Siempre acaba volviendo al seno familiar”. Y así fue.
La relación con Preysler duró algo más de siete años. Fue intensa, mediática, glamurosa… pero también compleja. El escritor confesó en entrevistas que no se sentía cómodo en el mundo de eventos, posados y revistas del corazón. Aunque llegó a decir que “la palabra felicidad tenía nombre y apellido: Isabel”, con el tiempo, la idealización se fue desmoronando. La ruptura llegó en 2022, y no fue pacífica. La distancia con sus hijos se acentuó durante esa etapa, y sólo tras romper con Isabel, Mario retomó la vida familiar que tanto había añorado.
El regreso a casa
En los últimos años, Patricia Llosa volvió a ocupar un lugar central en la vida del escritor. Lo acompañó en su ingreso en la Academia Francesa, durante sus convalecencias y en su cumpleaños número 89. Su entorno asegura que Mario murió en paz, rodeado de su familia más cercana, en su casa de Lima.
Álvaro Vargas Llosa ha escrito emocionado: “Nadie merece estar en primera fila más que ella. La mujer de su vida, dicen los cursis. No solo los cursis. Los inmortales también”. Y en efecto, Patricia fue la única constante en una vida llena de sobresaltos.
Isabel Preysler, por su parte, ha mantenido el silencio tras el fallecimiento. Aunque ya no formaban pareja, el escritor ocupó un lugar importante en su vida, y su duelo es, sin duda, también íntimo.
Un legado inmortal
Con su muerte, el mundo pierde al último gran titán del ‘boom’, pero la obra de Vargas Llosa seguirá viva. Desde su primera novela hasta sus últimos ensayos, fue capaz de analizar con agudeza la historia de América Latina, los peligros del poder, el valor de la libertad, el drama humano y la belleza de la palabra.
Su vida, como sus novelas, fue apasionada, contradictoria, desafiante. Se equivocó, rectificó, soñó, combatió, amó. Fue un hombre del siglo XX que vivió intensamente en el XXI, dejando un legado que trasciende fronteras y generaciones.
Mario Vargas Llosa no solo escribió sobre la historia: fue parte de ella. Y como sus mejores personajes, vivirá para siempre en la memoria de los lectores.

