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El Diario de Cantabria

Los historiadores españoles, contra el lenguaje bélico en la crisis sanitaria

Recuerdan que la situación actual «no tiene nada que ver con una guerra» y sí con «una tragedia»

La santanderina calle Marcelino Sanz de Sautuola, completamente vacía. / Cubero
La santanderina calle Marcelino Sanz de Sautuola, completamente vacía. / Cubero
Los historiadores españoles, contra el lenguaje bélico en la crisis sanitaria

Historiadores españoles como Carmen Iglesias, Gonzalo Pontón o Xosé Manoel Núñez Seixas se han referido a la utilización de un lenguaje bélico para referirse a la crisis sanitaria generada por el coronavirus, recordando que la situación actual «no tiene nada que ver con una guerra».

«Lo estoy combatiendo desde el principio, esto no tiene nada que ver con una guerra. En las guerras se supone que hay enemigos físicos y hay voluntad de guerra en los que deciden y, mirando a la actual pandemia, no responde a la evidencia de los hechos», ha señalado la directora de la Real Academia de la Historia, Carmen Iglesias.

Para Iglesias, la actual crisis sanitaria es «una tragedia con muchos muertos» que, no obstante, comparada con las Guerras Mundiales del siglo XX «puede parecer menos». «Pero para nosotros, que tenemos otros medios, es mucho. Y, sobre todo, las muertes que estamos presenciando, con gente que muere sola: lo de los ancianos ha sido terrorífico», ha lamentado.

Mientras, Seixas, en alusión al lenguaje bélico, entiende que «se está buscando una cierta épica, porque a la población la tienes que movilizar». Sin embargo, el Premio Nacional de Ensayo 2019 entiende que esa propia ‘épica’ puede volverse «contraproducente» y tener el efecto contrario al deseado.

«Se quiere aprovechar la crisis para reforzar valores de la solidaridad, pero es peculiar, porque estamos cada uno en nuestras casas. No es lo mismo que estar en una trinchera contra el enemigo: ahora también hay miedo a que tu vecino te pueda contagiar. Es una épica que puede volverse contraproducente, porque a veces la frontera entre lo sublime y lo ridículo es muy tenue», ha afirmado el historiador.

Pontón, quien ganó en 2017 el Premio Nacional de Ensayo por su obra ‘La lucha por la desigualdad’, difiere algo de esta postura, recordando que el lenguaje «es libre y permite todo tipo de metáforas», además de matizar que referirse a la enfermedad como una guerra no va dirigido a «la lucha de unos cuantos especialistas, sino a consecuencias: lo que pasará cuando termine».

«Se está hablando también de un Plan Marshall, las élites están más preocupadas por cómo nos reharemos de la guerra, aunque no se fabriquen cañones ni se recluten personas ni se almacenen armas. Ese pensamiento es razonable, porque si se mantiene la situación, las consecuencias van a llevar a una situación muy trágica», ha alertado Pontón, para quien este pensamiento viene de «una situación sobrevenida para la que no se estaba preparado».

Seixás, residente en Alemania durante varios años, apunta también a otra situación relacionada con el tema bélico que le ha llamado la atención: la presencia de militares o altos cargos de fuerzas del Estado en ruedas de prensa. «Esto es algo bastante específico de España. En Alemania llama la atención que salga un señor uniformado a contar cuántas infracciones ha habido», ha comentado.

¿LA HISTORIA SE REPITE?. La manera en la que se está tratando de controlar esta pandemia puede dejar escenas de una similitud asombrosa con otros ejemplos del pasado. Así lo confirma por ejemplo el propio Pontón, recordando cómo la Magistratura de Sanidad de la Toscana -la mejor de Europa por entonces-, a principios del siglo XVII alberga una epidemia de la que desconocen todo.

«Por razones económicas, el Gran Duque había obligado a recortes y tienen que inventarse hospitales donde no hay. Además, en esos hospitales tienen grandísimos problemas, porque no encuentran médicos especialistas que puedan hacer sangrías ni dar los eméticos necesarios a todos», ha destacado.

Para Pontón, «salvando todas las distancias de los enormes conocimientos científicos» de la época actual, las reacciones psicológicas de políticos y autoridades sanitarias «son muy parecidas». De hecho, apunta a cómo la Toscana tenía a un empleado que reportaba diariamente al Gran Duque tanto sobre el número nuevo de enfermos como el de recuperados, así como el de muertos también.

Además, se instauraron protocolos para atención sanitaria, con preferencia para la gente por edades -los de 57 años en adelante era la edad tomada de mayor riesgo, mientras que la franja de edad de los 40 a 27 años debía esperar a ser atendida-.

De cara a las consecuencias de la pandemia, atendiendo a otras enfermedades pasadas, Carmen Iglesias ha recordado que el papel de los historiadores no es el de «futurólogos», pero insiste en que se está «viviendo una tragedia que hay que afrontar con coraje, valentía y solidaridad».

«También defendiendo las cosas buenas que tenemos, como la libertad. Espero que esto nos sirva para que los régimenes autoritarios, de los que tenemos ejemplos en todo el globo, no sirvan como base para lastimar las libertades individuales de los países democráticos», ha alertado la historiadora.

Por su parte, Seixas ha recordado cómo las pandemias «han golpeado a la humanidad durante muchos siglos», si bien con una morbilidad cada vez menor. «No sería alarmista, nos enfretamos a una pandemia que nadie podía prever, salvo esos típicos escenarios futuristas de que también nos podía caer un meteorito. Si comparamos esta enfermedad con la última pandemia global -la gripe española-, el coronavirus es mucho más suave, con consecuencias menos letales pero probablemente una influencia mayor en la economía», ha concluido.

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