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Cannes ovaciona Romería, el viaje más personal y político de Carla Simón

La película narra la búsqueda de una joven por reconstruir la historia de su padre, víctima del sida en los años 80
Maria Zamora, Mitch Martin, Carla Simon y Llucia Garcia en el estreno de la película "Romeriua" en el Festival de Cannes. / EP
Maria Zamora, Mitch Martin, Carla Simon y Llucia Garcia en el estreno de la película "Romeriua" en el Festival de Cannes. / EP

La directora catalana Carla Simón ha presentado en el Festival de Cannes 2025 su tercera película, Romería, una obra profundamente personal que pone fin a una trilogía cinematográfica iniciada con Estiu 1993 (2017) y continuada con Alcarràs (2022). El filme ha sido recibido con ovaciones por parte del público y la crítica, consolidando a Simón como una de las cineastas más delicadas y valientes del panorama europeo actual.

Argumento y enfoque: un viaje al pasado familiar

Marina, interpretada por Llúcia Garcia, es una joven catalana que viaja a Vigo en busca de documentos que acrediten la muerte de su padre por sida en los años 80, una gestión que le permitiría acceder a una beca universitaria. En esta travesía emocional se encuentra con una familia paterna que apenas conoce y que está marcada por el silencio, la culpa y el estigma. A través de la convivencia con sus tíos y abuelos, Marina intenta reconstruir la historia de sus progenitores y comprender las heridas emocionales heredadas.

Lo que comienza como un relato familiar íntimo, se convierte también en una denuncia velada del olvido institucional y social hacia las víctimas del sida y la drogadicción durante la Transición. El retrato es tanto personal como generacional, un acto de memoria histórica y una forma de redención para las vidas truncadas por el contexto sociopolítico de los años 80.

Estilo visual: entre el realismo y la poesía

Simón, embarazada de ocho meses durante la proyección en Cannes, ha explicado que Romería representa una transición en su lenguaje cinematográfico. Mientras que Estiu 1993 y Alcarràs se cimentaban en un naturalismo profundo, Romería se atreve con lo onírico y lo poético.

La fotografía de Hélène Louvart, una habitual del cine de autor europeo, tiñe la película de un expresionismo contenido: colores como el rojo del vestido de Marina o el verde atlántico del mar gallego añaden profundidad emocional a los cuadros familiares y ambientes cargados. La banda sonora y una acertada voz en off —nueva en la filmografía de Simón— completan una obra que mezcla formato diario, nostalgia y catarsis visual.

Un cierre de ciclo autobiográfico

En palabras de Simón, Romería es una película “necesaria” y el cierre natural a su ciclo de exploración familiar. La directora ya había tratado el tema del VIH en el cortometraje Carta a mi madre para mi hijo (2022), y ahora recoge también pasajes de cartas reales que su madre escribió antes de morir. Lejos del sensacionalismo o el victimismo, Simón aborda con madurez y ternura el estigma del sida y la represión emocional que marcó a toda una generación.

“Es hora de emprender otro camino artístico”, ha afirmado la directora. Tras este filme, Carla Simón se plantea nuevas rutas creativas fuera del universo íntimo y familiar que ha definido su cine hasta ahora.

Recepción y significado

La crítica ha aplaudido el riesgo artístico de la película, su sinceridad emocional y su madurez narrativa. Romería ha sido descrita como “la más valiente” de las tres películas de Simón, y también la más incómoda, por su forma de evidenciar las sombras de una época que muchas veces se ha romantizado desde el discurso oficial de la Transición.

“La película es un poema lacerante pero también lleno de calidez”, escribió El Periódico.

Además de emocionar, la película también interpela políticamente, al visibilizar una tragedia colectiva que ha sido silenciada: los estragos del VIH y la heroína, y su impacto devastador en las familias españolas de los años 80.

Romería es más que el tercer largometraje de Carla Simón: es una carta de amor y dolor a sus raíces, una película que rescata la memoria de sus padres y de toda una generación olvidada, y que lo hace desde un lugar de arte puro, sin concesiones.

Con esta entrega, Simón consolida su voz como una cineasta radicalmente honesta y emocionalmente lúcida, capaz de combinar la intimidad más vulnerable con una mirada política poderosa. Un filme para recordar, y un broche de oro para una trilogía tan personal como universal.

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