03.08.2021 |
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1956. Festival Internacional de Santander

Cercanos ya a una nueva temporada de acontecimientos culturales que, no por producirse anualmente, dejan de ser menos importantes, bueno es, sin afán comparativo ninguno, echar un vistazo a ediciones pasadas y comprobar cómo desde siempre el Festival Internacional de Santander tuvo una relevancia y altura artística en cuanto a los acontecimientos musicales, de danza o teatro que en él se daban cita, que no difería con lo que otros festivales europeos ofrecían, tanto los más veteranos (Bayreuth, Salzburgo, Londres, Wiesbaden) u otros, igualmente acreditados, más cercanos en el tiempo, como los de Siena, Lucerna o Aviñón, incluyendo entre ellos el de Granada, prácticamente coetáneo con el santanderino en lo que a la estructura y funcionamiento estricto de festival se refiere, y pertenecientes a la EFA, es decir, la Asociación Europea de Festivales.
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1956. Festival Internacional de Santander

P ero, ciñéndonos a un año concreto, 1956, cuando se celebraba la V edición y el FIS estaba ya cimentado, admira la riqueza del programa ofrecido al público de aquel verano, coincidente, como sabemos con los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Un público que no se nutría solamente por los residentes en la ciudad y provincia de Santander interesados en los conciertos, espectáculos de ballet y excelente ciclo teatral, sino por la cada vez más abundante colonia de veraneantes (prefiero este término al de turistas), además de aquellos que se desplazaban para asistir a las representaciones al tiempo que disfrutaban de una estancia a buen seguro placentera y con un clima incomparablemente más llevadero que el de otros lugares de España e, incluso, de fuera de ella.

● ● ● Los espectáculos consistieron, además de varias escenificaciones teatrales de las que quiero tratar más adelante, en quince recitales y conciertos y diez espectáculos de ballets, con una novedad que introducía las llamadas veladas de música de cámara en escenarios privilegiados por su significación histórica y artística como fueron los de la Colegiata de Santillana del Mar y algunas casonas de la villa, donde actuó el Cuarteto Vegh y un quinteto francés, con recitales de José Iturbi, expresamente regresado a España desde los Estados Unidos.

De igual manera se ofrecieron conciertos en el claustro gótico de la catedral de Santander, entonces ya reedificada, tras el catastrófico incendio de 1941 que la devastó junto al centro histórico de la ciudad, utilizado como escenario alternativo a la sede central sita en la Plaza Porticada, es decir la Plaza de Velarde.

● ● ● El festival se extendió entre el 28 de julio y el 31 de agosto de ese año de 1956. Comenzó con la Compañía de Ballet Español de Antonio que se dilató hasta el 31 de julio. Después, desde el 3 al 7 de agosto, como auténtico acontecimiento y primera vez en España, actuó el Ballet de la Ópera de París con cinco irrepetibles noches ofreciendo, además de composiciones clásicas, danzas populares europeas adaptadas al ballet operístico.

Durante los días 11, 13 y 14, ofreció tres magníficos conciertos la Orquesta Nacional dirigida por el español residente en California Enrique Jordá, a la sazón, director titular de la Orquesta Sinfónica de San Francisco, con varios solistas, entre los que se encontraba el citado Iturbi. En este mismo orden, los días 23, 25 y 27 de agosto, una serie de conciertos corales fueron dirigidos por Jascha Horenstein interviniendo la Coral de Bilbao y el cuarteto alemán compuesto por Agnes Giebel, Sieglinde Wagner, Peter Offermans y Kim Borg, que interpretaron el «Festival Mozart» y «La Joven Sinfonía» de Beethoven.

Por su parte, dentro de este mismo ciclo coral, las Orquestas Nacional de España y de Cámara de Madrid, dirigidas por Odón Alonso, ofrecieron sendos conciertos el 15 y 16 de agosto. Como apuntaba arriba, el Festival de 1956 concluyó con la presencia de la Compañía de Teatro de María Jesús Valdés junto al primer actor José María Mompín que, dentro del ciclo de Festivales de España, aunque de manera autónoma y en gira por varias ciudades españolas, brindó cuatro extraordinarios montajes de otras tantas obras que formaban un repertorio breve pero selectísimo compuesto por «Macbeth» de Shakespeare, el auto sacramental de José de Valdivielso «El hijo pródigo» pieza del Siglo de Oro no especialmente conocida (como su autor) pero dotada de una fuerza dramática tan destacable como su exquisita composición literaria con un verso diáfano y cristalino. Asimismo, se produjo el estreno de una obra tan sorprendente como imaginativa, en la mejor tradición teatral española pese a su evidente vanguardismo, que constituyó el descubrimiento como autor dramático de Alfredo Mañas: «La feria de Cuernicabra» que llegó a alcanzar un éxito formidable no sólo dentro de España, sino en una memorable tournée por Europa.

Junto a las citadas, se ofrecía, nada más y nada menos que una excelente adaptación de «La Celestina» realizada por Enrique Ortenbach expresamente para este montaje bajo la dirección de José Luis Alonso, ya entonces consagrado director escénico, contratado por María Jesús Valdés cuando formó compañía dos años antes y que había de ser uno de los grandes nombres del teatro español hasta su temprana y trágica muerte. María Jesús Valdés, que había sido primera actriz en los teatros nacionales María Guerrero y Español, en la cumbre de su magnífica carrera, quiso ofrecer al público de provincias estas cuatro piezas destacadísimas en las que lo clásico se asociaba con lo más nuevo, creando una sólida empresa en la que se encontraban, junto a nombres ya legendarios del teatro español (Mariano Asquerino o Adela Carbone), jóvenes actores como Agustín González, Julieta Serrano, José María Prada, Francisco Valladares y Enrique Cerro e intérpretes de la categoría de María Luisa Ponte, José Franco, Alberto Bové…, además de ella misma y el citado Mompín, entre otros, con la colaboración de profesionales como Víctor Cortezo en la creación de decorados y figurines, además del referido José Luis Alonso en la puesta en escena de obras de tanta envergadura.

● ● ● Especialmente en el caso de «La Celestina» que, por su estructura de novela dialogada, es una obra imposible de representar dentro del teatro convencional. Por su duración, por sus veintiún actos y los largos pasajes convertidos en verdaderos monólogos. Todo lo que la enriquece como pieza superior de la literatura universal y suma de contenidos de índole moral y filosófica, plagada de aforismos, apotegmas y juicios en forma de reflexiones, obliga a una adaptación (que no versión) a la hora de ser llevada a escena. Precisa de actores con aptitudes contrastadas y talento y por eso, tanto María Jesús Valdés como José Luis Alonso, quisieron contar expresamente a la gran Adela Carbone para interpretar a la inmortal alcahueta. El éxito fue el esperado, tanto en la Porticada como en el resto de ciudades en que se representó.

● ● ● En un magnífico artículo post mortem de la eximia actriz dejó escrito Agustín de Figueroa en Abc el 10 de septiembre de 1960: «Adela Carbone ha sido una de nuestras actrices más inteligentes, y la inteligencia, pese a los defensores de la intuición, nunca está de más. Fue tal vez la más sutil y sagaz de nuestras comediantas. A ese don unía una profunda sensibilidad, un gran ingenio y una modestia no frecuente…» De haber existido una Celestina mejor, quizá hubiera que referirse a la interpretada un año más tarde por Irene López Heredia en el Teatro Sarah Bernhardt de París, dirigida por Luis Escobar. Un festival, este de 1956, lleno de altura y calidad. Música, danza y espectáculos admirables, con presencia de grandes artistas. Por eso lo rememoramos aquí.

1956. Festival Internacional de Santander
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