historia de cantabria

No es solo playa: Laredo guarda uno de los cascos históricos más impactantes del norte

Vista de la localidad de Laredo. / A.S.

De los Coniscos a los Reyes Católicos, de la Puebla Vieja al presente turístico: el pasado de la villa pejina sigue latiendo en sus calles, escudos, iglesias y memorias de mar

 

En el noreste de Cantabria, mirando al Cantábrico desde la ría del Treto, Laredo se alza como un enclave estratégico cargado de historia, leyenda y mar. Lo que hoy es uno de los destinos costeros más populares de la región, fue antaño una de las villas más poderosas del norte peninsular, protagonista de batallas, expediciones, privilegios reales y transformaciones urbanas que aún perviven en su fisonomía. Desde la antigua Puebla Vieja hasta la playa de la Salvé, el visitante puede recorrer siglos de historia condensados en calles empedradas, torreones defensivos, iglesias medievales y murallas supervivientes.

Orígenes cántabros y fueros regios

Los primeros pobladores de este territorio fueron los Coniscos, una tribu cántabra asentada entre los ríos Agüera y Miera. Sin embargo, el nombre de Laredo aparece ya en el año 757, como humilde poblado de pescadores a los pies de La Atalaya. Los primeros testimonios escritos datan de 968 y, más adelante, en 1068, el Cartulario de Santa María del Puerto lo menciona como comunidad consolidada. Fue Alfonso VIII quien, en el año 1200, le otorgó el Fuero de población, concediéndole tierras, privilegios ganaderos en todo el reino, e inmunidad fiscal.

Laredo comenzaba así su ascenso como una villa de especial relevancia en la red comercial y marítima de Castilla. En el siglo XIII, la villa ya disponía de murallas, y sus naves participaron en la Reconquista de Sevilla, siendo premiadas por ello con símbolos que hoy componen su escudo: tres barcos de vela, una cadena y la Torre del Oro.

Puerto real, villa estratégica y cruce de reyes

Durante siglos, Laredo fue considerado el gran puerto del Cantábrico oriental. En 1296, formó parte de la célebre Hermandad de las Marismas, una poderosa alianza de villas marítimas que gestionaban comercio y defensa. Ya en el siglo XV, Laredo era un núcleo decisivo: embarcaron y desembarcaron en su muelle Juana la Loca, Catalina de Aragón, Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II.

En 1529, una Cédula Real lo declaró el único puerto habilitado entre Avilés y Bilbao para las expediciones a América, lo que afianzó su papel como centro político, militar y aduanero del Corregimiento de las Cuatro Villas, que abarcaba desde San Vicente de la Barquera hasta Castro Urdiales.

Epidemias, incendios y decadencia

Como tantas otras villas históricas, Laredo también conoció las heridas del tiempo. Epidemias como la peste de 1348, incendios devastadores en el siglo XIV y saqueos franceses como el de 1639, mermaron su esplendor. A pesar de esto, el bastón de mando militar y político del norte de Castilla se mantuvo en Laredo hasta 1836, cuando fue suprimido el régimen señorial.

Puebla Vieja: alma medieval en el corazón urbano

El alma de este pasado glorioso aún se conserva en el conjunto monumental de la Puebla Vieja, declarado Bien de Interés Cultural. Seis rúas (Ruamayor, San Marcial, Espíritu Santo, Santa María, San Francisco y Carnicerías) articulan un entramado de calles empedradas, casas solariegas y arquitectura gótica y barroca.

Entre sus joyas destacan:

  • Iglesia de Santa María de la Asunción: templo gótico fortificado, con uno de los mejores retablos flamencos del norte de España.

  • La Torre del Corregimiento y la Torre de los Cachupines, símbolos del poder señorial y la nobleza local.

  • Ermita de San Martín y Santa Catalina, espacio de espiritualidad y silencio.

  • Casa de Zarauz, una de las casonas nobiliarias mejor conservadas.

Aunque Laredo ha evolucionado en las últimas décadas hacia un modelo de turismo costero, con su larguísima playa de la Salvé como atractivo principal, no ha perdido el lazo con su memoria. Cada rincón del casco antiguo remite a su pasado como puerto clave de Castilla, como lugar de tránsito de reinas, marinos y comerciantes.

Eventos como la Batalla de Flores, la Recreación del Último Desembarco de Carlos V o las fiestas patronales en honor a Nuestra Señora de la Asunción, refuerzan ese vínculo con lo vivido.

La villa pejina no solo se visita por su litoral, sino también por su legado: historia viva entre piedra y salitre, nobleza marinera que aún perdura en el habla, los oficios y las calles.