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El secreto mejor guardado de Santillana está tallado en sus piedras

Colegiata de Santillana del Mar. / A.S.

Más que una joya románica, un templo que habla en piedra

La Colegiata de Santa Juliana, centro espiritual, artístico y urbanístico de Santillana del Mar, es uno de los ejemplos más destacados del románico en Cantabria.

Construida entre los siglos XI y XII, en torno a las reliquias de Santa Juliana traídas desde Asia Menor, es célebre por su portada esculpida, su claustro ornamentado y su monumentalidad religiosa.

Pero lo que pocos visitantes saben —y muchos no ven, aunque lo tengan ante sus ojos— es que algunos de sus sillares contienen grabados de caballos, escudos, espadas y figuras armadas, tallados directamente en la piedra por manos desconocidas… pero no anónimas.

Grabados caballerescos: exvotos, marcas o plegarias talladas

Durante siglos, peregrinos, nobles, soldados y devotos que llegaban a la colegiata dejaban su huella sobre la piedra, en forma de incisiones. Estas marcas, lejos de ser simples grafitis, fueron estudiadas por historiadores del arte como María Ángeles de los Santos y el Instituto de Estudios Campurrianos, quienes confirmaron que muchas de ellas son grabados caballerescos medievales, fechables entre los siglos XII y XIV.

Entre los motivos más destacados se encuentran:

  • Caballos con montura, algunos con jinete esbozado, en posición de marcha o ataque.

  • Espadas rectas con pomo redondo, del tipo usado en la época de las cruzadas.

  • Escudos heráldicos rudimentarios, algunos similares a los de linajes cántabros de la época.

  • Figuras de guerreros orantes o de pie, en actitud de súplica o agradecimiento.

¿Quién los hizo? No fueron canteros, sino caballeros

Una de las claves para entender estos grabados es que no fueron realizados por los escultores del templo, ni forman parte del programa decorativo oficial.

Se trata de incisiones realizadas posteriormente sobre los sillares exteriores o interiores, a menudo en zonas de paso o lugares de estancia prolongada (pórticos, columnas de claustro, muros cercanos al altar).

Los estudios más recientes apuntan a que fueron realizados por peregrinos o caballeros en tránsito que, tras sobrevivir a batallas, viajes o penitencias, tallaban una imagen como ofrenda o exvoto, a modo de agradecimiento a la santa o como acto de devoción personal.

Exvotos caballerescos: una tradición olvidada

Esta práctica se enmarca en una tradición medieval conocida como “exvotos armados”, frecuente en caminos de peregrinación, iglesias fortificadas y santuarios rurales.

A diferencia de los exvotos de cera o de metal, que eran ofrecidos en altares y procesiones, los exvotos grabados eran permanentes, personales y discretos.

Se hacían con punzón, cuchillo o cincel pequeño, y representaban el elemento más sagrado para quien lo tallaba: su caballo, su escudo, su espada o su propia figura en oración. Estos dibujos eran más que arte: eran fe, identidad y testimonio. Eran oraciones silenciosas hechas piedra.

Dónde se pueden ver: en el claustro y los muros exteriores

Muchos de estos grabados son visibles en el claustro románico de la colegiata, en capiteles y basas de columnas, especialmente en el ala sur. Otros se encuentran en la zona exterior del ábside y muros laterales, aunque el paso del tiempo, la erosión y las restauraciones han hecho desaparecer varios.

Algunos han sido catalogados en el Inventario de Grabados Rupestres e Inscripciones Devocionales de Cantabria, y han sido objeto de exposiciones temporales en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC) y publicaciones académicas sobre patrimonio invisible.

¿Simple arte marginal o memoria de los que pasaron?

Durante años, estos grabados fueron vistos como meros grafitis sin valor. Sin embargo, hoy se entienden como parte de la cultura visual devocional de la Edad Media, y como documentos sin letra de quienes no sabían escribir, pero necesitaban dejar constancia de su fe o gratitud.

La colegiata de Santillana del Mar no solo alberga columnas, capiteles y altares de gran valor artístico. También guarda, grabadas en silencio, las súplicas y acciones de gracias de quienes vivieron tiempos violentos pero profundamente creyentes.

Los caballos que aún se ven en su piedra no son decoración: son mensajes del pasado, tallados con fe y miedo, con esperanza y cuchillo, por quienes se encomendaron a Dios antes de seguir su camino.