Este detalle en la colegiata de Santillana del Mar ha pasado desapercibido durante siglos, pero ahora sale a la luz

Vista de la Colegiata de Santillana del Mar. / A.S.
Quizá entonces, como alguien que una vez recorrió estas mismas calles con una mirada diferente, descubras un tesoro oculto que nadie más ha visto

Santillana del Mar es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Sus calles empedradas, sus casonas blasonadas y su colegiata románica la convierten en un enclave único en Cantabria, un destino que siempre tiene algo nuevo que revelar. Pese a su famoso refrán —ni es santa, ni es llana, ni tiene mar—, la villa esconde secretos que han pasado desapercibidos incluso para quienes creen conocerla bien.

Uno de estos hallazgos inesperados se encuentra en su monumento más emblemático, la colegiata de Santa Juliana, donde, entre la penumbra y el silencio, aguarda una pieza de plata repujada traída desde México, un detalle que rara vez se menciona y que permanece oculto para la mayoría de los visitantes.

1. La Colegiata de Santa Juliana y su tesoro escondido

La colegiata de Santa Juliana, construida en el siglo XII, es uno de los templos románicos más impresionantes de España. Su sobria arquitectura y su claustro con capiteles historiados la han convertido en uno de los principales atractivos de la villa. Sin embargo, detrás de su altar mayor, tapado por un paño de lino, se oculta una joya inesperada: un frontal de plata repujada, una donación enviada desde el otro lado del Atlántico en el siglo XVII por un indiano afortunado, Luis Sánchez de Tagle, quien había hecho fortuna en México y quiso devolver parte de su riqueza a su pueblo natal.

Este tesoro, ignorado por la mayoría de los turistas, solo se descubre si uno presta atención a los detalles y se atreve a mirar más allá de lo evidente. En un primer vistazo, el altar deslumbra con su retablo hispano-flamenco y las pinturas del martirio de Santa Juliana, pero si uno se fija bien, tras la mesa del altar, la plata brilla tímidamente en la penumbra, como un secreto bien guardado.

El claustro: un rincón para la contemplación

Anexo a la colegiata, el claustro románico sigue siendo un lugar de recogimiento y belleza. Sus columnas esculpidas con figuras de bestias medievales, lobos y arpías, símbolos del mundo antiguo, narran historias talladas en piedra que han resistido siglos de historia. En otro tiempo, sus muros estuvieron cubiertos de vegetación, lo que le daba un aire abandonado y decadente, pero hoy luce restaurado y en todo su esplendor.

2. Calles empedradas y casonas señoriales

Santillana no se entiende sin sus calles adoquinadas, que han sido testigos del paso de nobles, comerciantes y viajeros desde la Edad Media. Cada esquina esconde una historia y cada escudo tallado en piedra recuerda el poder de la nobleza cántabra entre los siglos XV y XVII.

Entre sus casonas más destacadas, se encuentran:

  • Torre de Don Borja, en la Plaza Mayor.
  • Palacio de los Velarde, con su imponente fachada.
  • Casa de los Hombrones, con su escudo de armas grabado en piedra.

Pasear por estas calles, sin prisa y con los sentidos atentos, permite imaginar cómo era la vida en este enclave medieval cuando las mulas cargaban mercancías y los caballeros cruzaban sus puertas fortificadas.

3. El Parador de Gil Blas: Historia y leyenda de un pícaro

Santillana también está marcada por la literatura. Gil Blas de Santillana, el protagonista de una novela picaresca atribuida al francés Alain-René Lesage, se convirtió en uno de los personajes más famosos de la villa, aunque su historia no dejó la mejor imagen de España en Europa. La novela, traducida a varios idiomas, consolidó algunos estereotipos sobre la vida en la península y contribuyó a la "leyenda negra".

El actual Parador de Gil Blas, ubicado en una antigua casona montañesa, es un homenaje a esta figura ficticia. Hoy, es un lugar de descanso refinado, lejos de la posada rural descrita en la novela, donde los muleros jugaban a las cartas y el humo del tabaco llenaba la sala.

4. Tiendas, gastronomía y artesanía

Santillana no solo es un festín visual, sino también gastronómico. Sus tiendas y restaurantes han logrado conservar la esencia de la tradición cántabra, ofreciendo productos auténticos como:

  • Sobaos pasiegos y quesadas elaborados artesanalmente.
  • Anchoas de Santoña, un manjar del Cantábrico.

A diferencia de otros destinos turísticos, aquí los comercios han sabido mantener una estética cuidada y respetuosa con el entorno medieval, sin caer en lo artificial.

5. La magia de la noche en Santillana

Cuando cae la tarde y los turistas se marchan, Santillana del Mar revela su verdadero rostro. Las luces de las farolas iluminan tenuemente las piedras centenarias, la niebla se desliza entre las calles y la humedad envuelve cada esquina, creando una atmósfera única.

Es en este momento cuando la villa recobra su esencia medieval. En el silencio, es fácil imaginar los pasos apresurados de un viajero en la noche, el sonido de una carreta alejándose en la penumbra o el murmullo de una conversación furtiva entre las sombras.

Santillana del Mar no es solo una postal perfecta, sino un lugar donde cada visita deja un nuevo descubrimiento. Desde la plata escondida en la colegiata hasta la quietud del claustro, pasando por sus calles empedradas y la gastronomía local, esta villa medieval sigue viva y esperando ser explorada con ojos curiosos.