Chernóbil aporta a la NASA claves biológicas para futuras misiones espaciales
La catástrofe nuclear de 1986 situó a Chernóbil como una de las áreas más contaminadas del planeta. No obstante, el entorno se ha convertido en un espacio donde organismos capaces de adaptarse a condiciones extremas han despertado un interés creciente entre la comunidad científica. Entre ellos destacan los hongos negros, en particular Cladosporium sphaerospermum, cuya supervivencia en ambientes con radiación elevada ha llevado a investigadores y a la NASA a analizarlos como posible fuente de soluciones para los problemas derivados de la exposición a radiación en misiones espaciales.
A finales de los años 90, equipos dirigidos por la microbióloga Nelli Zhdanova detectaron colonias de moho negro creciendo en las paredes del reactor 4 de Chernóbil, en zonas con niveles especialmente altos de radiación. Los estudios mostraron que el crecimiento de estos hongos aumentaba al exponerse a fuentes radiactivas como el cesio-137, un fenómeno descrito como radiosíntesis, que plantea la posibilidad de que obtengan energía de la radiación ionizante.
Investigaciones posteriores, incluidas pruebas en la Estación Espacial Internacional, confirmaron que Cladosporium sphaerospermum puede desarrollarse en condiciones de radiación cósmica. Los sensores detectaron una reducción parcial del flujo de radiación al atravesar el micelio, lo que plantea la opción de emplear estos organismos como una barrera biológica ligera frente a la radiación, especialmente útil para misiones con limitaciones de carga. A diferencia de los blindajes basados en metales pesados, los materiales derivados de hongos podrían producirse directamente en destinos como la Luna o Marte.
El interés de la NASA se ha intensificado tras detectar en 2024 el deterioro del telescopio Neil Gehrels Swift Observatory, cuya estructura se veía comprometida por la radiación. La capacidad de estos hongos para crecer en ambientes irradiados ofrece un modelo que podría inspirar nuevos tipos de protección tanto para astronautas como para equipos en órbita.
Los estudios también muestran comportamientos singulares como el radiotropismo, mediante el cual las hifas se orientan hacia la fuente de radiación. En 2007, los investigadores Ekaterina Dadachova y Arturo Casadevall observaron aumentos de hasta un 10 % en el crecimiento de hongos melanizados expuestos a radiación ionizante. Sin embargo, esta capacidad no es extensiva a todas las especies: de 47 hongos melanizados recolectados en Chernóbil, solo nueve mostraron orientarse hacia fuentes de cesio-137, y no todos aceleraron su crecimiento bajo radiación.
La resistencia parece depender no solo de la melanina, sino también de otros factores celulares, entre ellos la alta concentración de agua. Este aspecto es relevante para la NASA, dado que la radiación cósmica galáctica constituye un riesgo constante para la salud de los astronautas y para la electrónica de sondas, satélites y estaciones espaciales.
Con misiones a Marte y a la Luna en preparación, la NASA evalúa soluciones complementarias a los blindajes convencionales. La posibilidad de obtener materiales autorreparables y ligeros a partir de hongos podría marcar un avance significativo en la protección frente a la radiación. Además, el estudio de estos organismos abre líneas de investigación en campos como la biotecnología, la medicina y la seguridad nuclear, con posibles aplicaciones en terapias protectoras o en materiales resistentes a ambientes irradiados.
Los hongos negros de Chernóbil representan un modelo natural de adaptación biológica a entornos extremos. Aunque quedan aspectos por confirmar, como la demostración completa de la radiosíntesis o la cuantificación exacta del nivel de protección que pueden ofrecer, su comportamiento los sitúa como un recurso prometedor en la intersección entre biología y exploración espacial.