Tras años sembrando odio: Revilla dice que no ha robado a nadie
Miguel Ángel Revilla comparece ante los tribunales tras un historial de insultos al Rey emérito, ahora presentándose como víctima: “No he matado, no he robado”.
El político que construyó su fama desde la televisión, hoy busca comprensión en los juzgados. Miguel Ángel Revilla, expresidente de Cantabria, se ha presentado ante los tribunales por un juicio de conciliación relacionado con sus reiteradas críticas contra el Rey Juan Carlos I. Pero lo que más ha sorprendido no ha sido la causa en sí, sino su repentino tono de víctima institucional: “No he matado, no he robado, no he hecho nada ilegal”, dijo ante los medios.
Sin embargo, ¿qué hay de los años en que, con tono populista y verbo fácil, sembró el descrédito y el desprecio hacia la monarquía en horario de máxima audiencia? La memoria es frágil, pero las hemerotecas no olvidan: Revilla convirtió los platós de televisión en púlpitos desde los que despotricar, muchas veces sin fundamento, contra instituciones que dan estabilidad al país.
De la bandera a la demagogia: un relato que se tambalea
El mismo Revilla que salía en pantalla con una anchoa en una mano y la Constitución en la otra es quien, sin matices, calificó de "indecente", "decepcionante" o "lamentable" la conducta del Rey emérito en múltiples intervenciones. Su transición del “defensor de la monarquía del 23-F” al “justiciero del prime time” ha sido una evolución mediática, no moral.
Ahora, enfrentado a la posibilidad de responder judicialmente por sus afirmaciones, Revilla pide comprensión y se declara simplemente como un “ciudadano normal”. Pero sus palabras —“Ha sido una etapa lamentable, me ha defraudado”— aún resuenan como parte de una campaña continuada de erosión institucional que muchos consideran irresponsable.
“No he robado”: el manual del victimismo moderno
La frase “No he robado, no he matado” resume una peligrosa narrativa en boga entre ciertos perfiles públicos: la idea de que solo lo penalmente reprochable merece juicio social o político. En el caso de Revilla, el problema no es que haya cometido un delito, sino que ha contribuido a deslegitimar una institución esencial como la monarquía parlamentaria sin pruebas concluyentes y con intenciones populistas.
Este giro retórico de victimismo no es nuevo. Lo preocupante es su normalización: presentarse como víctima de un sistema que se ha utilizado para ascender políticamente. Durante años, Revilla encontró en la televisión un escenario para cultivar su personaje de abuelo entrañable con alma de rebelde, pero en ese proceso abandonó cualquier atisbo de respeto institucional.
El silencio del PSOE y el oportunismo de plató
Lo más llamativo del caso es el silencio cómplice del Partido Socialista y de otras fuerzas que utilizaron al expresidente regional como altavoz contra la monarquía cuando convenía electoralmente. Ahora que sus palabras pueden tener consecuencias, todos se apartan. Nadie lo defiende, pero tampoco nadie asume su parte de responsabilidad por legitimar el discurso.
Las palabras tienen consecuencias, y quienes han hecho de la política espectáculo deberían recordar que, en democracia, la libertad de expresión no exime de la responsabilidad personal y política. Es legítimo opinar. No lo es utilizar la televisión pública o privada para erosionar sistemáticamente pilares del Estado.
El precio de la demagogia
El caso Revilla es más que una anécdota judicial. Es un síntoma del desgaste que sufre nuestra cultura política, en la que se confunde la popularidad con la verdad, la audiencia con el criterio, y el sentimentalismo con la razón. Que hoy el expresidente se sorprenda de ser llamado a rendir cuentas es, en sí mismo, una confesión de cómo se ha degradado el discurso público.
Porque no, don Miguel Ángel, no ha matado ni robado. Pero ha contribuido —consciente o no— a que una parte de la sociedad vea en la Corona un problema y no una solución, a que el respeto se convierta en sarcasmo, y a que la política pierda dignidad en manos del espectáculo.
Y eso, aunque no sea delito, es profundamente injusto.