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El Diario de Cantabria

La otra curva del coronavirus: del pánico a la esperanza en tres meses

Una mujer con mascarilla pasa delante de un cartel en Santander que se puede leer "Todo va a salir bien". / CUBERO
Una mujer con mascarilla pasa delante de un cartel en Santander que se puede leer "Todo va a salir bien". / CUBERO
La otra curva del coronavirus: del pánico a la esperanza en tres meses

De la indiferencia a la curiosidad, de la despreocupación a la duda, de la intranquilidad al temor, y del pánico a la resignación y la incertidumbre: en tres meses, los que lleva instalado en nuestro país, el coronavirus ha dibujado otra curva que, por fin, parece entrar en la fase del optimismo.

Fue el 31 de enero, viernes por la noche, cuando la Consejería de Sanidad del Gobierno canario informó de que uno de los turistas alemanes que había sido aislado en el Hospital de La Gomera por haber estado en contacto en su país con una persona infectada había dado positivo en las pruebas diagnósticas.

Aquella misma tarde habían regresado una veintena de españoles desde Wuhan, cuna del coronavirus -que apenas llevaba 24 horas nombrado emergencia internacional por parte de la OMS-, para pasar un primer periodo de cuarentena en el Hospital Gómez Ulla.

Imposible era no echar la vista al verano de 2014, cuando fueron repatriados, primero uno y luego otro, los misioneros enfermos de ébola Miguel Pajares y Manuel García Viejo. El segundo fue atendido por la auxiliar María Teresa Romero, lo que la llevó a ser el primer caso de contagio en Europa de este virus fuera de África.

Más allá de las inevitables reminiscencias, el clima era de absoluta calma: el confinamiento, las calles vacías, las avenidas fantasma, los comercios cerrados, los hospitales de campaña levantados en tiempo récord, los rostros cubiertos con mascarillas... eran cosas que -creíamos- solo podían verse en países como China.

Ahora, tras 47 días de clausura en casa, lo irreal parecen los bares llenos, las tiendas abiertas, los cines abarrotados o los parques a rebosar, imágenes que cada día van perdiendo nitidez mientras van ganando el terreno de lo cotidiano términos como distancia social, número reproductivo, incidencia acumulada o desescalada.

Pero, de un extremo al otro, está la montaña rusa que ha trazado la curva del coronavirus a lo largo de estos 91 días.

FEBRERO: DE 10 DÍAS SIN CORONAVIRUS AL PRIMER CONTAGIO LOCAL

España transcurrió los 29 días de febrero en un escenario de "contención", y esa confianza que intentaban transmitir las autoridades sanitarias calaban en la mayor parte de la población, excepto en los organizadores y participantes del Mobile World Congress, que a mediados de mes sucumbió al SARS-CoV-2.

Por esos días, nuestro país estaba, en teoría, limpio de coronavirus después de que los dos únicos positivos confirmados hasta la fecha recibieran el alta. Hoy se tiene prácticamente la certeza de que el "bicho", según apunta un estudio del Instituto de Salud Carlos III, estaba ya presente en España desde mediados de febrero y que ingresó por varias entradas, no por un paciente cero.

La teórica ausencia de COVID-19 duró diez jornadas, ya que el 24 de febrero regresó a Canarias en el cuerpo de un médico del norte de Italia, donde se acababa de crear la "primera zona roja" ante la propagación del virus. Dos días después, saltaba el primer caso por transmisión local.

A finales, cuando la OMS elevó el riesgo de transmisión de "alto" a "muy alto", y con medio centenar de casos en 10 comunidades, muchos asociados a Italia, Sanidad aún descartaba ampliar sus recomendaciones de extremar la higiene a otras de gran calado como anular eventos masivos o restringir la libertad de movimientos, tal y como estaba ocurriendo en el país transalpino.

MARZO: 8.000 MUERTOS Y CONFINAMIENTO TOTAL

Esas primeras recomendaciones llegaron el 3 de marzo: con 150 positivos y la primera víctima mortal confirmada -aunque se había producido el mes anterior-, Salvador Illa aconseja que los eventos deportivos con gran afluencia de aficionados procedentes de las entonces zonas de riesgo -China, Singapur, Corea del Sur, Irán, Japón y norte de Italia- se celebren a puerta cerrada y que se cancelen los eventos en los que participen profesionales sanitarios.

Los primeros recelos perturbaban así la tranquilidad imperante, agravados por el desasosiego que despertaban las noticias cada vez más preocupantes de Italia; pero aún así, en esa semana nada hacía presagiar lo que estaba por venir la siguiente: incluso el 8M se celebraba a lo grande, con algo menos de afluencia, en todos los rincones del país.

El día 9, con los contagios disparados a 1.204 y las muertes a 28, marca el inicio de una pesadilla de la que España aún no ha despertado: a partir de entonces, el coronavirus, declarado pandemia mundial, cierra colegios, parques, bares, museos y comercios y, el domingo 15, recién estrenado el estado de alarma y con el doble de muertos que la víspera, encierra a todos los ciudadanos en casa.

La COVID-19 avanzaba entonces imparable con incrementos de los contagios diarios de más del 30 %, mientras que el de fallecidos oscilaba entre el 20 % y el 60 %, y no fue hasta finales cuando empezó a dejar un mínimo resquicio a la esperanza con aumentos inferiores. Aún así, marzo cerró con 8.189 muertes.

Muchas ocurridas en residencias de ancianos, con los que este virus se ha cebado sin piedad; desde la más absoluta impotencia, estos centros iban convirtiéndose día tras día en el tétrico símbolo de la pandemia.

Como también lo han hecho las ucis, tan extenuadas que al borde han estado del colapso, a pesar de las miles de camas que se improvisaron en hoteles reconvertidos y en varios hospitales de campaña, entre ellos el del recinto ferial de Ifema, alegoría de todos ellos.

En un intento de atajar cuanto antes la expansión del virus, el Gobierno decretó la paralización de los servicios no esenciales desde el día 30 hasta el 9 de abril.

ABRIL: DE UNA ECONOMÍA EN HIBERNACIÓN A PREPARAR LA DESESCALADA

Abril no pudo empezar peor: el día 2 marca un máximo de 950 fallecidos, que no bajan de los 640 en toda la semana, como tampoco lo hacen los contagiados de los 4.200, aunque se nota que el ritmo ha alcanzado el pico y empieza, angustiosamente despacio, a ralentizarse.

La "hibernación" en la que el Ejecutivo ha sometido la actividad económica deja en las retinas otras de las imágenes más impactantes de todo el confinamiento: pueblos y ciudades mutados en páramos y en los que los aplausos diarios por los profesionales imprescindibles de esta crisis resuenan más que nunca.

Tras ello, el regreso de los trabajadores no esenciales a sus puestos, que se traslada también a las calles, donde se vuelve a escuchar un cierto trajín.

La recompensa de su encierro llega a las dos semanas, el mismo plazo que dura la incubación del virus, cuando el responsable de Sanidad confirma que, por fin, se ha logrado doblegar la curva. No sin mucha polémica después de innumerables reajustes en las cifras como consecuencia de un sistema de notificación que, con cada balance, se demuestra muy mejorable.

Y esa recompensa se ha traducido en un primer alivio de la clausura de los más pequeños, que desde el domingo pasado pueden salir acompañados de uno de sus padres o tutores durante una hora al día; este sábado se extenderá a los adultos para que puedan pasear y practicar deporte.

Aunque empezó mal, abril acaba con un nuevo horizonte para los españoles, que ya miran con ilusiones renovadas hacia finales de junio, cuando podría culminar la cuarta y última de las fases de la desescalada diseñada por el Gobierno para entrar en una "nueva normalidad".

Por paradójico que pueda parecer, lo difícil viene ahora, y es evitar un repunte del temido virus, que se ha llevado casi 25.000 vidas en España, sin distinguir su origen, posición o popularidad: nos ha llegado el turno a todos y cada uno para evitarlo a toda costa y lograr que esa "nueva normalidad" nos devuelva una vida lo más parecida posible -un poquito solo- a lo que era aquel 31 de enero. 

La otra curva del coronavirus: del pánico a la esperanza en tres meses
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