historia de cantabria

Tenía 28 años, dijo no a Napoleón y murió con un fusil: la historia del cántabro que desafió al imperio

Una de las ediciones de la fiesta Homenaje a Pedro Velarde. / Alerta
En la mañana del 2 de mayo de 1808, cuando los disparos comenzaron a sacudir las calles de Madrid, un joven oficial cántabro dejó su puesto administrativo, miró al cielo, y dijo: “Es preciso batirnos; es preciso morir”

Pedro Velarde nació el 19 de octubre de 1779 en la casona solariega de los Velarde, en Muriedas. Era hijo de José Antonio Velarde y Herrera y de María Luisa de Santillán, y desde muy joven fue destinado a la milicia. A los 14 años ingresó en el Real Colegio de Artillería de Segovia, una de las instituciones científicas y militares más prestigiosas de Europa.

Allí destacó por su inteligencia matemática y espíritu analítico. Terminó sus estudios como segundo de su promoción y en 1799 fue ascendido a subteniente. Durante los años siguientes participó en campañas militares y ascendió con rapidez: teniente en 1802, capitán en 1804, y poco después fue nombrado profesor de la propia academia.

Especialista en balística, llegó a convertirse en secretario de la Junta Económica del Cuerpo de Artillería, y en 1806 se instaló en Madrid, donde accedió a información militar estratégica. Fue entonces cuando los enviados de Joaquín Murat, comandante de las fuerzas francesas en España, intentaron atraerlo a la causa napoleónica. Velarde se negó tajantemente:

“No puedo separarme del servicio de España sin la voluntad expresa del rey, de mi cuerpo y de mis padres”.

El 2 de mayo: destino, pólvora y fuego

Cuando en 1808 comenzó el levantamiento civil en Madrid, Velarde no dudó en pasar de la retaguardia al frente. Al escuchar los primeros disparos, abandonó su puesto de funcionario y se dirigió al Parque de Artillería de Monteleón, donde Luis Daoiz, otro joven oficial, resistía con apenas un puñado de soldados y vecinos armados contra el ejército francés.

Velarde y Daoiz organizaron la defensa desesperada del cuartel, repartiendo armas a la población e improvisando barricadas. La lucha fue breve pero feroz. Daoiz fue abatido en combate, y poco después Velarde fue mortalmente herido por un disparo a quemarropa de un oficial de la Guardia Noble polaca, al servicio de Napoleón.

Murió en el acto. Tenía solo 28 años.

Sepultura, memoria y símbolo

Aquella noche, los cuerpos de Velarde, Daoiz y otros defensores fueron enterrados en la iglesia de San Martín, en Madrid. Pero su memoria creció más allá de la derrota. El 2 de mayo de 1814, tras la retirada napoleónica, sus restos fueron trasladados a la colegiata de San Isidro, y desde 1840 reposan en el Monumento a los Héroes del Dos de Mayo, en el paseo del Prado.

Los leones de bronce del Congreso de los Diputados, fundidos en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, llevan sus nombres: Daoiz y Velarde. Más que guardianes del Parlamento, son símbolos de un tiempo en que el honor era sinónimo de desobediencia valiente.

De Muriedas al corazón de la historia

La casa natal de Pedro Velarde se conserva en Muriedas como parte del Museo Etnográfico de Cantabria, donde una sala le rinde homenaje con documentos, uniformes, miniaturas, cartas y piezas de artillería. En la ciudad de Santander, una estatua en la plaza Porticada (hoy Plaza de Velarde) recuerda al héroe con una inscripción simple:

“Santander a la gloria del héroe. 1880.”

Y en Segovia, junto al Alcázar y la academia que lo formó, se erige desde 1910 un monumento en bronce que perpetúa la imagen de aquel joven que, frente al poder imperial, eligió morir de pie.

Pedro Velarde representa algo más que una figura heroica: es el símbolo del individuo consciente que se enfrenta al invasor, el militar que obedece a la patria por encima de su carrera, el hombre que convierte su muerte en una afirmación de principios.

Cantabria, que lo vio nacer, aún respira su ejemplo en las aulas, en las plazas y en el recuerdo popular. Su nombre no es solo una calle: es un recordatorio de que la historia también se escribe con decisión individual en los días más oscuros.