El pueblo cántabro que guarda la tumba secreta de un genio del Renacimiento
Maliaño, situado a escasos kilómetros de Santander, en el municipio de Camargo, es mucho más que una localidad dormitorio del área metropolitana. Su historia está marcada por una peculiaridad geográfica: la existencia de dos núcleos diferenciados, Alto Maliaño y Bajo Maliaño, separados por el relieve, la marisma y siglos de evolución desigual.
Mientras Bajo Maliaño creció en torno a las actividades portuarias y ferroviarias, y se convirtió en zona industrial y comercial, Alto Maliaño ha conservado un carácter más tradicional y agrícola, donde aún se percibe la huella de su pasado medieval.
Una iglesia con un secreto en la piedra
En Alto Maliaño se alza la Iglesia de San Juan Bautista, un templo que guarda uno de los elementos más interesantes de todo el municipio: el sepulcro de Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial y figura clave del Renacimiento español.
Nacido en Maliaño en 1530, Herrera fue autor del estilo herreriano, caracterizado por su sobriedad, simetría y monumentalidad. Pese a haber trabajado para reyes, su tumba se encuentra en un rincón humilde del templo de su pueblo natal, sin adornos ni pompa, tal como él dejó dispuesto.
El sepulcro fue redescubierto y restaurado, y hoy es una de las joyas patrimoniales más desconocidas de Cantabria, pese a su enorme valor histórico.
El mar que antes entraba… y ahora se recuerda
Hasta bien entrado el siglo XX, Maliaño estaba muy vinculado a la Ría de Boo, una lengua de agua que penetraba tierra adentro y permitía la existencia de muelles, astilleros menores y actividades de marisqueo.
Con el paso del tiempo, la ría fue cegada parcialmente por rellenos industriales, sobre todo tras la instalación de fábricas como Standard Eléctrica (hoy demolida) y el desarrollo del polígono de Raos.
Muchos mayores recuerdan aún cómo los mariscos se recogían a mano en la bajamar, y cómo las marismas olían a sal, fango y algas, un paisaje hoy casi desaparecido pero que forma parte esencial de la identidad de Maliaño.
Industria y tren: motores del crecimiento moderno
En el siglo XX, la instalación del ferrocarril de vía estrecha y la construcción de polígonos industriales como Raos y el Puerto de Santander transformaron la zona completamente.
Bajo Maliaño creció con rapidez, albergando fábricas, naves logísticas, centros de distribución y un nudo de comunicaciones clave. Esto convirtió al pueblo en punto de paso obligado entre Santander y el aeropuerto Seve Ballesteros, pero también lo marcó como zona de tránsito más que de destino.
El aeropuerto que lleva su apellido
No es casualidad que el aeropuerto internacional de Cantabria se llame Aeropuerto de Santander – Seve Ballesteros, ya que el mítico golfista nació en Pedreña, pero vivió buena parte de su juventud en Maliaño, y tenía fuertes vínculos familiares con la zona.
La cercanía del aeropuerto ha supuesto tanto una oportunidad económica como un reto urbanístico, al generar limitaciones de altura, ruido y presión sobre los espacios urbanos de Maliaño.
Tradición viva: las fiestas de San Juan y la Bajada del Cristo
Maliaño celebra sus fiestas patronales en torno al 24 de junio, San Juan Bautista, con romerías, concursos gastronómicos y verbenas que atraen a vecinos de toda Camargo.
Otra festividad destacada es la Bajada del Cristo de la Agonía, en septiembre, cuando la imagen procesiona desde Alto a Bajo Maliaño, uniendo ambos núcleos en una ceremonia cargada de simbolismo y participación popular.
Maliaño hoy: entre el patrimonio oculto y el urbanismo acelerado
En la actualidad, Maliaño combina zonas residenciales modernas, restos industriales en transformación y núcleos antiguos con valor patrimonial aún por descubrir.
Es una localidad que ha sufrido los efectos del crecimiento rápido, con retos como la movilidad, la planificación urbana o la protección del entorno natural. Pero también es una comunidad con memoria, tradición y un potencial turístico y cultural aún infrautilizado.
Redescubrir Maliaño es mirar más allá de sus rotondas y naves: es ver el pueblo que albergó a uno de los grandes arquitectos de la historia de España, el puerto donde se forjaron oficios, el barrio donde se celebra la fiesta con fuego y fe.

