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El Diario de Cantabria

De la calle al confinamiento en un centro de acogida

El Centro de Acogida Princesa Letizia en Santander.
El Centro de Acogida Princesa Letizia en Santander.
De la calle al confinamiento en un centro de acogida
Setenta personas sin hogar, el doble de lo habitual, conviven día y noche desde hace más de tres semanas en el Centro de Acogida Princesa Letizia, obligado a funcionar también como centro de confinamiento desde que se decretó el estado de alarma. Aunque no han faltado las tensiones, sobre todo los primeros días, residentes y personal han ido adaptándose a las rutinas del encierro.

Este centro de Santander ha reorganizado sus espacios para poder cumplir las medidas de distanciamiento social, ha doblado el personal técnico y auxiliar y ha triplicado el de limpieza.

También ha flexibilizado las normas que regían antes de la pandemia, ha establecido varios turnos para las comidas y ha ampliado su oferta formativa y de ocio para que las personas que tienen que convivir las 24 horas del día dispongan de alternativas para pasar el tiempo, ha explicado a Efe Pilar Quintana, técnico de servicios sociales del Ayuntamiento de Santander.

La primera norma que se eliminó fue la limitación a un máximo de cuatro días para la estancia de las personas sin hogar que solían estar de paso e iban de albergue en albergue, y la gran mayoría de los que siguen acogidos en el centro llevan allí desde que se decretó el confinamiento, señala.

Todas las plazas están ocupadas e incluso la semana pasada se trasladó a cinco personas al albergue provisional que el Gobierno de Cantabria ha abierto en Solórzano porque el aforo ya estaba completo.

También se han cambiado las normas para que se pueda acceder a las habitaciones en distintos horarios y no solo para dormir, y se ha puesto a disposición de todos los usuarios la sala de juegos, la de informática, la biblioteca, y los huertos, una opción que "gusta mucho" porque permite salir al exterior del centro y "darle un poco de aire a la situación", apunta Quintana.

"Hay gente que se adapta pero hay otras que el confinamiento lo lleva muy mal, surgen roces y pequeños conflictos que hay que ir solventando sobre la marcha. Al final se dan los problemas propios de cuando estás encerrado en un sitio y no puedes salir. Son las tensiones que se darían en cualquier hogar, lo que pasa es que allí están potenciadas", dice.

Y es que generalmente el perfil de estas personas es "el de gente muy independiente, ellos deciden y se organizan su vida, sus horarios y sus rutinas".

"Aunque hayamos bajado el nivel de exigencia y los compromisos que se les piden sean mínimos, no dejan de estar en un centro y de tener unos horarios y unas normas. A la gente le gustaría salir cuando quiere, beber y fumar donde quiere y cuando quiere, y a veces no lo entienden o se niegan a cumplir las normas", explica.

Ante el temor de que el centro pudiera convertirse en "una olla a presión", una de las primeras medidas que se tomó fue contratar un servicio de seguridad privada, con el que antes no se contaba. Según Quintana, en estas tres semanas se ha producido un conflicto que tuvo que ser resuelto por la policía nacional, cuando en los primeros día de confinamiento una de las personas acogidas se enfrentó con un guardia de seguridad y le agredió físicamente.

"Pensado en lo que imaginábamos que podía pasar no hemos tenido un elevado grado de conflictividad", asegura. "Dentro de lo que cabe, que las circunstancias son las que son y no podemos endulzarlas, no es lo que esperábamos inicialmente, que fuera un hervidero. Los residentes están respondiendo muy bien y el personal, para quitarse el sombrero", resume.

Reconoce que la primera semana fue "un poco agobiante" para ellos, sobrepasados como todos al principio del confinamiento. Se iba sobre la marcha, las distintas administraciones daban sus instrucciones, pero una vez que los protocolos "estuvieron claros" la situación mejoró para el personal del centro. "La verdad es que se les ha dado la oportunidad de ser sustituidos y de descansar y no ha querido nadie. Están todos allí trabajando".

Además de reorganizar los espacios del centro, que cuenta con habitaciones individuales, algunas con baño propio, se han reservado dos zonas, una para el aislamiento en el caso de que alguien diera positivo y otra de cuarentena para aislar a las persona que hubieran estado en contacto directo.

Pero por el momento no ha sido necesario utilizarlos. Dos usuarios en los que se sospechó un posible contagio fueron trasladados a urgencias, se les hizo la prueba del Covid-19 y dieron negativo.

Durante su encierro, algunos de los residentes le están sacando "mucho partido" al aula de informática aunque no la habían pisado hasta ahora, el centro está dando clases de alfabetización en redes sociales, ha aumentado la participación en los talleres de cerámica y se ha organizado un taller de lectura, que "está costando un poco más pero va saliendo adelante", señala Pilar Quintana.

"Hay gente que es menos activa y pasa las horas muertas delante del televisor pero la mayoría si que está participando en las actividades", dice, y, según cuenta, no faltan nuevas ideas. Se ha puesto en marcha un taller para fabricar máscaras de protección y el centro se está planteando hacer otro de batas, para tener su propio material por si hubiera algún contagio.

En estos días incluso han recibido llamadas de antiguos usuarios ahora confinados en otras ciudades como Guadalajara o Ciudad Real para preguntar si hay sitio libre porque en sus centros de acogida no hay habitaciones individuales como en el Princesa Letizia. Pero no va a poder ser. 

De la calle al confinamiento en un centro de acogida
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