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El pueblo cántabro donde la virgen volvió sola al monte… y nadie volvió a dudar

Vista panorámica y en altitud desde el Monte La Picota de la ría y la playa de Mogro. / A.S.

Con su ría, su iglesia medieval y su inconfundible Cueto, Mogro se consolida como uno de los rincones más carismáticos de la costa cántabra

A escasos 15 kilómetros de Santander, asomado al Abra del Pas y rodeado de suaves alturas, el pueblo de Mogro, en el municipio de Miengo, es mucho más que una postal veraniega. Es historia viva, paisaje moldeado por siglos de trabajo, devoción y transformación, y una de las localidades más singulares del litoral cántabro, tanto por su identidad agrícola y ganadera como por su incipiente vocación turística.

El alma geográfica de Mogro se reparte entre la ría del Pas, el mar Cantábrico y el imponente Cueto de Mogro, que preside desde el sur el casco antiguo y vertebra el paisaje. El Cueto no solo marca la orografía, sino también la historia del pueblo: a sus faldas convergen los antiguos caminos interiores de la costa, testigos del tránsito de comerciantes, peregrinos y pescadores.

En la ría, hoy surcada por canoas y reflejos dorados al atardecer, se reconocen aún los ecos del Mogro más antiguo, que halló en este estuario una fuente inagotable de vida. De ello dan fe yacimientos como el de Barriomonte, que remiten a una ocupación prehistórica.

Iglesia, campanario y santuario: fe y piedra en el tiempo

Uno de los hitos culturales del pueblo es la iglesia de San Martín, un templo de finales del siglo XV que aún conserva una casa-torre adosada, signo inequívoco del poder eclesial y social del momento. Esta iglesia es, con toda probabilidad, el edificio más antiguo del municipio, y su restauración actual simboliza el esfuerzo por preservar el patrimonio frente al olvido.

A unos pasos, en lo alto del monte, el santuario de la Virgen del Monte recuerda una leyenda local según la cual una imagen milagrosa regresó por sí sola al lugar de su hallazgo tras ser llevada a la iglesia parroquial. La romería en su honor, celebrada cada 24 de agosto, es una de las fiestas más sentidas de la comarca, donde tradición y devoción se entrelazan como en pocos lugares.

Un pasado de agricultores, remoleros y canteros

Mogro fue durante siglos un pueblo de oficios y manos expertas. Además de agricultores y ganaderos —que mantenían con vida la práctica del traslado estival de ganado a los puertos de Reinosa—, destacó también por su actividad artesanal. Singular fue el caso de los maestros remoleros, dedicados a la fabricación de remos, vitales en la navegación de cabotaje en tiempos preindustriales. Una herencia hoy olvidada, pero que moldeó la identidad productiva del pueblo.

Del campo al turismo: el Abra del Pas y la playa de Usil

En 1957, con la adquisición por parte de la Diputación de Santander de la finca Abra del Pas, se inaugura un nuevo capítulo: el del desarrollo ganadero moderno a través de la vaca frisona, emblema de la modernización rural. Décadas más tarde, con la llegada de la autovía entre Santander y Torrelavega, el crecimiento residencial y turístico despegó.

La zona de Mogro-playa, nacida a partir de urbanizaciones como el Pueblo del Sol, marcó un nuevo rumbo: el de las segundas residencias y los nuevos habitantes que ya no solo veraneaban, sino que echaban raíces junto a la playa de Usil, frente a las dunas de Liencres.

Hoy, Mogro se asienta sobre esta dualidad: una tercera parte de la población municipal vive aquí, atraída por su tranquilidad, su cercanía a los grandes núcleos urbanos y la promesa de un entorno natural incomparable.

Pese a sus transformaciones, Mogro sigue mirando al Pas, al monte y al mar, consciente de que su futuro pasa por mantener viva su identidad. En la piedra de sus casonas, en el trazado de sus barrios antiguos —Cavadilla, el Monte, Cabezón—, y en la brisa que trae historias del norte, late aún un pueblo que supo adaptarse sin olvidarse.

Desde la fe del campanario hasta la espuma de las olas, Mogro no solo es un lugar: es un relato que se escribe cada día.