Una travesía de 15 horas bajo tierra: así se conquista el mayor sistema subterráneo de Cantabria
Con casi 60 kilómetros de desarrollo, el Sistema Caballos-Valle, en Rasines, se erige como una de las travesías subterráneas más largas y complejas del mundo
Anidada en las profundidades calizas del oriente de Cantabria, entre las poblaciones de Ramales de la Victoria, Rasines y Ampuero, se extiende una de las estructuras geológicas más fascinantes y menos conocidas de Europa: el Sistema Caballos-Valle, también conocido como Red del Silencio. Se trata de un colosal entramado de galerías, simas y ríos subterráneos con una longitud explorada cercana a los 60 kilómetros de desarrollo horizontal, una cifra que lo sitúa entre los sistemas subterráneos más extensos del continente.
La travesía entre la torca de los Caballos y la resurgencia de la cueva de Valle, que atraviesa el sistema de este a oeste, es una de las más largas y técnicas del mundo, con más de diez kilómetros de recorrido subterráneo continuo. Pero la cifra, por sí sola, no transmite la auténtica dimensión de lo que aquí se esconde: una red de niveles superpuestos, sifones temporales, pozos verticales, ríos ocultos, conductos fósiles y salas decoradas con formaciones calcáreas que harían palidecer a los pasillos de una catedral gótica.
Un complejo de seis accesos: Caballos, Valle y más allá
La Red del Silencio no es una cueva, sino un sistema vivo y en expansión, en constante reinterpretación por parte de los grupos espeleológicos que la estudian desde hace más de cuatro décadas. Además de las entradas principales —la torca de los Caballos y la cueva de Valle—, el sistema se conecta con el exterior a través de otras cuatro bocas:
-
Sima cueva del Escobal
-
Torca del Hoyu Hondo
-
Torca de La Canal
-
Torca de La Seguía, en territorio vizcaíno, un acceso crucial incorporado al sistema en 1991, tras duros trabajos de desobstrucción en condiciones de sequía extrema por parte del Grupo de Actividades Espeleológicas de Santander (GAES).
Historia de una exploración sin descanso
El conocimiento moderno de la Red del Silencio comienza en los años 70, aunque muchas de sus entradas, como la cueva de Valle, eran ya conocidas por pastores y habitantes locales. En 1977, un grupo francés del Spéléo Club de Rodez localizó lo que bautizaron como la torca de los Caballos, que en realidad es la torca del Hoyón. Fue el inicio de una colaboración internacional con los grupos cántabros y vascos, en una de las más fructíferas etapas de la espeleología peninsular.
En 1980 llegó un hito histórico: la conexión entre Caballos y Valle fue confirmada al enlazarse las galerías subterráneas en el tramo conocido como la Galería de las Marionetas, dando lugar a la gran travesía que hoy constituye el eje vertebral del sistema.
Desde entonces, el sistema ha sido transitado en numerosas ocasiones, pero siempre bajo condiciones rigurosas. La dureza del recorrido ha provocado casos de desorientación, agotamiento extremo y la intervención de equipos de rescate especializados, lo que le ha granjeado una reputación mítica y peligrosa.
La travesía: entre la proeza y el rito iniciático
Una de las crónicas más completas y emocionantes sobre esta travesía ha sido escrita por Jesús Foguer, miembro del Club Abismo, quien relata con precisión topográfica y épica personal una incursión realizada junto a compañeros experimentados, entre ellos Juan Oliva y Paco Mínguez, a lo largo de quince horas de esfuerzo ininterrumpido bajo tierra.
La expedición parte de la torca de los Caballos, cuyo acceso ya es, en sí mismo, una declaración de intenciones. Tras un descenso técnico de 237 metros verticales por pozos equipados, el grupo accede al meandro activo, que serpentea en medio de una oscura galería perforada por siglos de erosión hídrica. Cuerdas, resaltes, marmitas, gours, chimeneas, laminadores, balcones y caos de bloques componen una secuencia infinita de obstáculos naturales que se suceden sin tregua.
Puntos clave como El Colector, la Galería del Papel, el Tobogán, la Galería de los Gours, la Galería Vasco-Occitana o la Galería de los Gotxos aparecen uno tras otro como capítulos de una odisea que mezcla el cansancio físico con la exaltación estética.
Un mundo tallado en roca y agua
La travesía no es solo técnica. También es un festín visual para quien sepa mirar. Las salas más profundas están decoradas con estalactitas, columnas, escudos calcáreos, coladas activas y los famosos “macarrones”, delgados tubos de carbonato que cuelgan como hilos de cristal. En tramos como la Galería de la Luna o la Galería Cómoda, el espectáculo natural rivaliza con el de cualquier sala monumental al aire libre.
Otros segmentos, como los laminadores, desafían el cuerpo humano, obligándolo a reptar durante metros en espacios que apenas permiten el paso. Es en este contraste entre lo sublime y lo extremo donde se halla el corazón simbólico de la Red del Silencio.
Riesgos, recomendaciones y una advertencia
La Red del Silencio no es un lugar para principiantes. Como bien señala el autor del relato, se trata de una travesía de alto compromiso físico y mental, que requiere:
-
Reconocer previamente las salidas posibles, como La Canal, en caso de abandono anticipado.
-
Evitar la entrada en épocas de lluvia, por el riesgo de sifonamientos.
-
No beber agua del interior, debido a la contaminación por purines en algunos afluentes.
-
Llevar cuerdas de repuesto (40 m y 20 m) por posibles enganchones.
-
Reducir el número de participantes para evitar ralentizaciones.
-
Registrar horarios en el “Libro” que cuelga en la base de La Canal, donde cada grupo deja constancia de su paso, como en un monasterio de piedra y sombra.
Un patrimonio que exige respeto y divulgación
La Red del Silencio no solo es un desafío físico: es un testimonio geológico de miles de años, un ecosistema único y un recurso científico de primer orden. Sin embargo, su visibilidad pública es mínima, y aún hoy sigue siendo un tesoro oculto a ojos del turismo convencional.
Cantabria debe reconocer en esta red subterránea un bien patrimonial comparable a sus iglesias románicas, sus casonas barrocas o sus paisajes marinos. Promover su estudio, proteger su entorno y formar a futuros espeleólogos es una tarea urgente para garantizar que esta catedral bajo tierra siga viva y hablando en silencio.