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El Diario de Cantabria
Rosa Villacastín
18:25
25/01/18

El cerebro en la entrepierna

El cerebro en la entrepierna

Cuenta David Bueno, profesor de genética de la Universidad de Barcelona, que cada cerebro es único. Le creo aunque hay temas en los que parece que los hombres coinciden en su forma de comportarse y tratar a las mujeres. El mejor ejemplo de lo que pueden llegar a hacer cuando no les ven, incluso cuando se sienten fuertes porque están en manada, lo pudieron comprobar las 130 azafatas que asistieron en Londres a una cena benéfica, que organiza desde hace tres décadas el selecto club Charity Dinner, en favor de los niños más desfavorecidos. A ella asistieron 360 varones, todos adinerados, pudientes, impecablemente vestidos, y con la carteras repletas de tarjetas platino, para los imprevistos que pudieran surgirles después de la velada.

Lo que ocurrió dentro del Hotel Dorchester de la city londinense lo comprobó in situ una periodista del Financial Times, que algo debía olerse cuando se presentó al casting en el que se seleccionaba a las jóvenes azafatas.

Cuenta esta espía secreta del mejor periodismo de investigación que lo que más le extrañó fue el correo que recibió de la organización en el que le especificaban que las elegidas debían ser altas, delgadas y guapas, y el tipo de ropa que debían lucir -vestido corto y negro, con ropa interior a juego y zapatos negros sexys-.

Unas condiciones que deberían haber alertado a los organizadores, pero no, quizá porque como bien dice el refrán, poderoso caballero es don dinero y si además de millonarios esos hombres se propasaban sexualmente con las chicas, a quién podía importar, si el resultado era satisfactorio para las finanzas del Club y de rondón para los pobres críos que gracias a esas juergas lujuriosas y obscenas podían disponer de mantitas, ropa de abrigo y comida caliente.

El escándalo ha sido mayúsculo cuando la periodista ha publicado lo que vio y sintió esa noche: asco, mucho asco, porque quienes se comportaron como auténticos cerdos eran ejecutivos, empresarios de prestigio, políticos, gentes del mundo del espectáculo, ningún zarrapastroso, nadie que estuviera en el paro o buscando trabajo.
Supongo que el precio de la cena debía ser alto, a tono con su estatus social, no así lo que ganaban las azafatas 172 euros y 28 para el taxi que les debía llevar de vuelta a casa, asqueadas de ver cómo las trataban, cómo les metían mano bajo las faldas, cómo las conminaban a subir a sus habitaciones a seguir la juerga una vez terminado el festín.

A menudo me pregunto si estas actitudes, que ya no sé cómo calificar, eran las habituales o es la forma que tienen algunos hombres de rebelarse contra un movimiento que va en aumento y pone en serio peligro el poder de quienes se han creído los reyes del mambo. O, ¿qué pensarían si fueran sus hijas las que se vieran sometidas a vejaciones de ese tipo?.

La lista de abusos va en aumento, aunque todavía hay mujeres que sienten miedo de señalar a quienes se aprovecharon de ellas, a veces porque se sienten incomprendidas e incluso señaladas dependiendo de quién sea el individuo que les acosó. No deben tenerlo, es más, creo que son los hombres los que tienen la obligación de ponerse al frente de la manifestación para evitar que se les confunda con quienes piensan que el cuerpo de la mujer les pertenece.

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