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El Diario de Cantabria
Rosa Villacastín
12:56
28/12/17

Es la educación estúpido, la educación

Es la educación estúpido, la educación

El asesinato -llamar a las cosas por su nombre es empezar a comprender la magnitud del problema-, de 48 mujeres en lo que va de año -más de ochocientas desde que empezaron a contabilizarse-, debería alarmar no solo a los representantes de los estamentos políticos, judiciales y policiales, debería alarmar a los ciudadanos, a todos sin excepción, porque todos estamos expuestos a que una hija, una hermana, una vecina, una amiga, usted misma, esté sufriendo violencia domestica mientras lee este artículo. Noticias que nos parten el corazón por tratarse del peor de los terrorismos. El que se lleva a cabo entre personas que dicen amarte, con las que has tenido hijos o con las que has mantenido una relación sentimental.

Sorprende que pese a las medidas adoptadas tanto en nuestro país como en los de nuestro entorno, así como en organismos internacionales, el goteo continuo, diario, de asesinatos no solo no disminuya sino que aumente. La razones las recoge el convenio de Estambul, firmado en mayo del 2011, en el que se reconoce que la violencia contra la mujer es una manifestación de desequilibrio histórico, llevada a cabo por la discriminación de la que ha sido objeto a lo largo de los siglos.

Un problema que no se resolverá mientras la sociedad no tome conciencia de la gravedad del asunto. Mientras los partidos del arco parlamentario no se pongan de acuerdo en aprobar leyes educativas en las que sea prioritaria la educación de igualdad de género, que deberían impartirse desde la más tierna infancia hasta que terminen sus estudios. También programas que enseñen a las familias a detectar actitudes que favorecen el maltrato y la violencia doméstica.

Estoy de acuerdo todo eso llevaría su tiempo, y que los resultados tardarían en hacerse sentir, pero mientras cala la educación igualitaria, algo más podríamos hacer para que personas sensatas, padres de familia, no sigan apoyando de palabra o de obra a esos individuos que fuerzan a las chicas a mantener relaciones, sentimentales o sexuales sin su consentimiento -caso La manada, o los futbolistas de Aranda de Duero-, a quienes yo preguntaría si la damnificada fuera su hija, seguirían pensando que estos vándalos son tan buenos chicos como les describen cuando les preguntan los reporteros de las televisiones.

Quienes crecimos en plena dictadura y educados durante la Transición, pensábamos que con los logros obtenidos -educación universal, igualdad de derechos de hombres y mujeres, etc-, las generaciones venideras serían diferentes, y nos mirarían a las mujeres con otros ojos. No ha sido así.

El fracaso se debe, creo, a que no se ha insistido lo suficiente en educar a los chicos y a los chicas en el respeto, en la igualdad de género. Y no lo ha sido porque ser mujer todavía penaliza. Penaliza porque ganan menos desempeñando los mismos trabajos, porque el paro es mayor entre las mujeres que entre los hombres, porque la belleza sigue siendo un bien muy preciado en detrimento de la inteligencia y porque se ha demonizado a quienes luchaban por cambiar la sociedad. En este caso a las feministas, a las que una parte de los ciudadanos no ha dudado en presentarlas como mujeres resentidas, feas, marimachos.

Reconforta ver que tras las denuncias por acoso o por violaciones como la llevada a cabo por los miembros de La Manada, las jóvenes se han movilizado saliendo a la calle en protesta por lo que consideran un crimen. Ojalá que el nuevo año nos traiga más solidaridad con las victimas, con sus hijos, con sus familias, a las que con demasiada frecuencia olvidamos.

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