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El Diario de Cantabria
Rosa Villacastín
17:00
27/01/17

El arte de saber envejecer

El arte de saber envejecer

Dicen los expertos que, gracias a la ciencia, le estamos ganando años a la vida. Me explico: si hace unas décadas a las mujeres que habían pasado la barrera de los sesenta se les consideraba que habían entrado en la ancianidad, hoy, si se han cuidado, si han hecho ejercicio, y no han cometido locuras estéticas, puede parecer que en vez de 60 tengan 45 o 50. Ejemplos hay a montones, pero quizá el más llamativo sea el de Carolina de Mónaco. En mi opinión una de las mujeres más bellas y elegantes del panorama internacional.

Es posible que su belleza se deba a los genes familiares, no solo por parte de madre, siendo como era Grace Kelly una belleza, fría, distante, enigmática, pero belleza al fin y al cabo, también porque de su familia paterna ha heredado esa parte racial, rebelde, pasional que le diferencia del resto de princesas europeas. Todas tan políticamente correctas, el lado opuesto de Carolina, para quien las normas estaban para esquivarlas e incluso para saltárselas a la torera.

Basta con mirar su extensa biografía amorosa para darnos cuenta de que se trata de una mujer muy especial. Una mujer que vivía por y para el amor teniendo en cuenta que ser princesa de Mónaco no le obligaba a grandes sacrificios, siendo como es el Principado un lugar para el esparcimiento, la diversión, los deportes acuáticos y, cómo no, el juego.

Han sido muchos los hombres que han pasado por la vida de Carolina, no todos importantes, ni del gusto de sus progenitores, pero a los que ella se entregó con verdadera pasión. El mejor ejemplo fue Philippe Junot, con el que contrajo matrimonio, cegada por la pasión y la aventura que suponía unir su vida a un hombre con mucha experiencia amatoria. Un enlace que fracasó porque según ella misma ha confesado, ya en plena luna de miel se dio cuenta de que se había equivocado y que Junot de príncipe azul tenía poco.

Suerte que pronto apareció en su vida Stefano Casiraghi, un italiano rico, divertido, guapo, del que se enamoró perdidamente y con el que tuvo tres hijos antes de que un trágico accidente acuático pusiera punto final a una historia que le marcó tanto que la sumió en una fuerte depresión.

No tuvo suerte tampoco con el Príncipe Ernesto de Hannover, emparentado con lo más selecto de la realeza europea, pero a quien el interés mediático de la mayor de los Grimaldi le sacaba de quicio, tanto que protagonizó desencuentros con los paparazzis que pasarán a la historia de la prensa del corazón.

Con él tuvo a su cuarta hija y un cierto protagonismo en ambientes aristocráticos que le habían negado sus bendiciones porque no consideraban que los Grimaldi estuvieran a su altura del resto de las monarquías europeas. Separada de Hannover, Carolina vive hoy una espléndida madurez. Afincada en el Principado de Mónaco y ejerciendo de primera dama, ha conseguido aceptarse como es, con sus luces y sus sombras, con sus arrugas, pero siempre rodeada de sus hijos, de sus nietos, de sus sobrinos y hermanos. Una madurez dorada que es la envidia de muchas de sus contemporáneas, precisamente porque ha huido de la agresividad de la cirugía estética, lo que no la ha impedido seguir siendo a sus 60 años una de las mujeres más admiradas y querida de la realeza.

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