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El Diario de Cantabria
Juan Francisco Quevedo
10:19
08/03/18

La mujer en la Cantabria rural: ayer y hoy

El escritor nació en México, en 1959, trasladándose a Santander en 1963, tierra de sus padres, ambos nacidos en La Cavada. Estudió en los Agustinos de Santander y posteriormente se licenció en Farmacia por la Universidad de Santiago de Compostela.

La mujer en la Cantabria rural: ayer y hoy

El mundo de la mujer en la Cantabria rural de hoy en día poco tiene que ver con el de hace apenas unas décadas. No hay más que darse un paseo por cualquiera de nuestros pueblos para percibir esos cambios, tanto educativos, culturales y sociales como económicos, por no hablar de los adelantos que se han experimentado en comunicaciones, así como en infraestructuras. Todos estos avances han colocado a nuestros municipios más olvidados en unas condiciones inmejorables para conseguir una integración plena de la mujer que se desenvuelve en el ámbito rural en la sociedad cántabra.

Es evidente que las nuevas generaciones de mujeres han podido nutrirse de las mejoras sociales que han traído los nuevos tiempos y vemos cómo, desde hace años, comienzan a asumir y a ejercer responsabilidades que habían estado prácticamente copadas por los hombres desde el inicio de los tiempos. Aunque hay que felicitarse por ello, conviene no olvidar, para no decaer en la lucha por la equidad, que aún queda un largo camino por recorrer hacia la plena igualdad. El sendero cada día está más despejado pero aún lleno de dificultades que hay que ir soslayando.

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Antes de entrar en otras consideraciones, es de justicia resaltar las peculiaridades históricas de la estructura social y familiar de la Cantabria ancestral, de esa Cantabria que, a través de la tradición y de las costumbres, ha apuntalado un modelo matriarcal más que evidente. Este patrón de comportamiento no se ha instaurado sólo en nuestra sociedad sino, y lo más importante, ha calado profundamente en nuestras mentes, llegando a crear en el interior de los individuos que la conforman una manera de entender las relaciones sociales, heredada por siglos de tradición cultural, en la que la mujer cultiva y asume esa figura de guía esencial, de referencia familiar y social. En su labor, ejercida desde la autoridad que da el cariño y el respeto de los que nos rodean, deja una estela de luz, por la que se orientan aquellos sobre los que ejerce esa función referencial. De alguna manera es el faro al que todos miran para orientarse y llegar a  buen puerto.

Este hecho se observa, sobremanera, en las relaciones familiares, donde el papel de la madre, como matriarca, ha sido durante siglos el eje fundamental sobre el que han girado, tanto las relaciones afectivas y laborales, como las económicas. Esa realidad ha hecho que inervara y arraigara en lo más profundo de nuestro carácter, más allá del hecho de ser hombre o mujer, un respeto reverencial hacia la mujer cántabra, hacia su manera de desenvolverse y de relacionarse. La admiración que se suscita hacia la madre, hacia la abuela, hacia la mujer como referencia vital, ha constituido la base esencial de la estructura de nuestra sociedad.

Las mujeres de nuestra tierra han tenido que fortalecerse mentalmente para desarrollar ese papel principal adquiriendo una serie de peculiaridades, muy comunes a todas ellas, que se concentran en un carácter duro, pero tierno y cariñoso con los suyos, austero y sencillo, pero afectuoso y cordial en la cercanía, y economizador y mirador del céntimo, por las circunstancias del mundo que les tocó vivir. Pero sobre todo, y no se puede olvidar por mucho que estén cambiando los tiempos, eran unas mujeres entregadas al trabajo hasta la extenuación, un trabajo denodado tanto en la casa como en el campo, en el que tanto podían estar a cargo del hogar como de los animales, cuando no, y más en lugares de nuestra geografía con una boyante industria, como era el caso de La Cavada del siglo diecinueve y veinte, conjugando todo ello con la faena diaria en la fábrica, en este ejemplo, en la textil. Por tanto, más que como obreras mixtas se comportaban como incansables seres excepcionales que pareciera que tuvieran el don de la ubicuidad.

Si bien, no cabe duda de que la mujer cántabra, en este entorno rural, siempre tuvo el apoyo y la admiración de la familia y del grupo social en el que se desenvolvía, no podemos obviar la dureza de la vida a la que estaban abocadas. Ejercían sus tareas en todos los ámbitos, como madres, como esposas, como amas de casa y como trabajadoras a destajo. Lo hacían, además, sin el menor descanso y sin prácticamente tiempo para el ocio y el disfrute personal en un entorno y en unos períodos temporales en los que aún no contaban con las ayudas que la tecnología ha ido incorporando tanto al campo como al hogar.

Los tiempos han cambiado mucho en muy pocos años y los diferentes mundos existentes, el rural, el urbano, el industrial, etcétera, han acortado distancias hasta confundirse en esto que se ha dado en llamar globalización. Hoy la mujer de Cantabria, aunque esté inserta en el mundo rural, empieza a tener muy poco que ver con la de hace apenas una o dos generaciones; es una mujer que va a la universidad, que ocupa puestos importantes en la enseñanza, en la empresa privada, en la política, es una mujer que está acortando a pasos agigantados esa desventaja con la que partía con respecto al hombre, aunque hay que tener en consideración que todavía las diferencias salariales para puestos idénticos siguen siendo vergonzosamente discriminatorias.

Así mismo, aunque la desigualdad existente entre ambos sexos cada vez sea más pequeña sigue poniéndose de manifiesto cada día, sobre todo en los puestos ejecutivos, en los directivos, en los de investigación; en definitiva, en los puestos de mayor responsabilidad; de hecho no hay más que echar una ojeada a los consejos de administración del Ibex 35. La mujer se ve alejada sistemáticamente de los centros de poder decisorios, sean políticos, empresariales, económicos o de cualquier otro tipo. La sociedad se ha estructurado de tal manera que no da pasos eficientes hacia una integración efectiva en aquellos ámbitos donde se toman realmente las medidas más trascendentales. Cuando aparece la mujer en estos lugares es sólo como una mera y simple excepción y no como algo habitual.

Todas estas cortapisas con las que aún se sigue encontrando la mujer son en una gran parte debido a la carga machista heredada y en otra no menos importante a que las mujeres, en una edad crucial para su promoción laboral, se plantean la posibilidad de ser madres. Cuando deciden asumir el riesgo que conlleva la decisión, se encuentran desprotegidas ya que la sociedad aún no ha articulado mecanismos básicos para que no vean mermadas sus posibilidades de promoción dentro de la administración, la empresa, etc., durante ese período tan importante de su vida. Como sociedad, estamos obligados a proporcionarles el tránsito hacia la maternidad sin traumas laborales y sin que vean truncadas sus carreras; es una deuda antigua que ahora es el momento de saldar. Estamos en el buen camino pero aún queda un gran trecho por andar en pos de la igualdad real.

Auguro y deseo para la mujer de Cantabria, para esa mujer que tanto ha dado a nuestra tierra desde una posición callada y sacrificada, un futuro prometedor, un futuro en el que sin ninguna traba pueda aspirar allá donde sus capacidades la hagan llegar. Entre tanto, mientras ese momento llega, hay que ayudar a que así sea fomentando la desigualdad a su favor. Es una cuestión de justicia después de tantos siglos de falta de equidad.

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