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El Diario de Cantabria
Fernando Jáuregui
19:35
22/01/18

La imagen que damos en Davos

La imagen que damos en Davos

Reconozco que me dejó atónito el alto funcionario español al que comenté que España ocupa el lugar 104, de un total de 137 países, en lo referente a confianza en los dirigentes nacionales. Así se refleja en la encuesta mundial elaborada por el Foro de Davos, que ahora comienza sus sesiones y ante el que el Rey Felipe VI tendrá la difícil misión de defender la imagen patria este miércoles. "Bueno, pero hay otros treinta, por lo menos, que están detrás nuestro", me dijo el fiel exégeta de la política rajoyista, que tan satisfecha está de parámetros como que ochenta y dos millones de turistas prefieren España para pasar sus vacaciones.

No voy a decir yo que sea Mariano Rajoy el (único) culpable de que la 'marca España' se asome al precipicio un paso más cada día que pasa. La falta de confianza de los ciudadanos en nuestros representantes es algo ya atávico, crónico. Y, temo, creciente. La reacción del VIP 'pepero' ante mis sarcasmos muestra que esa falta de autocrítica, esa convicción en que todo va bien, así que para qué cambiar, es una de las causas fundamentales de ese recelo de los hombres y mujeres 'de a pie' respecto a esa clase política a la que hemos elegido y cuyos sueldos pagamos. No es distinto el funcionario adscrito al y beneficiario del PP a sus colegas de otras formaciones, que jamás, pero jamás, se interrogan sobre la profundidad abisal en la que se mueve la distancia entre representantes y representados en este país nuestro. Nada que ver con Noruega, o Suiza, o Dinamarca -que esa es otra, como ahora comentamos--, ni Suiza, ni Canadá, Francia, Países Bajos o, incluso, esa Bélgica partida en dos, una de cuyas mitades acoge, o acogía, vaya usted a saber, a Puigdemont. Claro que ninguna de esas naciones tienen púnicas, ni gürtels, ni eres, ni pujoles ladrones. Ni, claro, prófugos que ganen elecciones comprometidas.

Y ahora que menciono la bicha, allá anda, ahora en Dinamarca, Puigdemont, haciendo lo posible para que esa 'marca España', a veces tan desacertadamente defendida por los encargados de hacerlo, baje a mínimos en el 'ranking'. Sin que, aparentemente, el Gobierno central español, que hace lo posible por atenerse a la legalidad y a la decencia vigentes, sepa qué hacer a continuación. Mientras en Davos, ante los ojos de todo el planeta, circulan los datos de las encuestas que nos presentan como una economía bastante sana, quizá, pero injustamente repartida y peor gestionada. Y ocasionalmente, al menos en el pasado, tan corrupta.

Si el Gobierno, y las oposiciones que se sitúan del lado de acá del sistema, creen que simplemente por recibir (ahora) en los aledaños de La Moncloa a los corresponsales de medios anglosajones y de la UE van a mejorar por arte de magia las incomprensiones, injusticias y recelos, van de ala. Demasiado tarde. La nueva 'leyenda negra' ya está en marcha, y más que va a estar si en los próximos días, Dios no lo quiera, ocurren catástrofes como esa temida -yo no creo en ella, que conste; o no quiero creer- entrada clandestina del prófugo en territorio nacional, colándose para ser investido antes de ser detenido ante las cámaras de centenares de fotógrafos de todo el mundo. Tiemblo solamente de pensarlo, no tanto porque me parezca una hipótesis creíble ni posible -aunque todo es posible, y hasta creíble, a estas alturas--, sino porque sigo sin ver una reacción suficiente desde el Estado. Un 'plan B', algo de vida más allá del 155.

Ignoro qué diablos pueda decir el jefe del Estado en su comparecencia ante el atril central de Davos, donde los ojos del mundo mundial estarán mirando, para potenciar la sin duda alicaída imagen de España; Felipe de Borbón es incuestionablemente la figura 'política' -vamos a llamarlo así-- más prestigiosa y prestigiada de nuestro país. Sin duda, una vez más se juega quedarse corto o pasarse: la línea que divide ambos extremos es demasiado tenue. Nunca el jefe del Estado había tenido que superar, en apenas dos años, tantas pruebas que incorporan una trampa mortal. Creo que obligación es de los políticos que se reclaman constitucionalistas, y que tanto miedo muestran a reformar la Constitución para salvarla, un gran acuerdo para reforzar el papel del Rey, que es el único equilibrio posible, independientemente del campo, republicano o monárquico, en el que cada cual se sitúe. Mal asunto cuando hay que recurrir constantemente a la 'ultima ratio' para salvar esos equilibrios. En fin, a ver cuánto dura el baile, antes de que caigamos todos al suelo, exhaustos.

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