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El Diario de Cantabria

UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

Las pinturas murales de San Sebastián de Ojébar, pieza del mes

Las pinturas, en relativo buen estado de conservación, se descubrieron en 1980, cuando se procedía a desmontar el retablo mayor.

Las pinturas murales de Ojébar, Rasines. / ALERTA
Las pinturas murales de Ojébar, Rasines. / ALERTA
Las pinturas murales de San Sebastián de Ojébar, pieza del mes

Las pinturas murales de la iglesia de San Sebastián de Ojébar, en la localidad de Rasines, es la obra selecciona por el Aula de Patrimonio Cultural de la Universidad de Cantabria (UC) como ‘pieza del mes’ correspondiente a mayo. Las pinturas, en relativo buen estado de conservación, se descubrieron en 1980, cuando se procedía al desmonte del retablo mayor de la iglesia, ha recordado la UC en nota de prensa.

Según ha explicado, este descubrimiento es una muestra más de la importancia que debió alcanzar la pintura mural en Cantabria, especialmente entre los siglos XII y XVI, momento en que entró en un paulatino declive ante el auge de los talleres retablistas, encargados de elaborar retablos con los que se fueron ocultando estas pinturas.

A ello hay que añadir que, a partir del XVI, la abundancia de las pestes y la cada vez más frecuente inhumación en el suelo llevó al progresivo encalado de los muros, circunstancia que se generalizó a partir del siglo XVIII. A todo esto se sumó el hecho de que la mampostería, dada su pobreza visual, debía ir revocada. Todos estos factores determinaron el que las pinturas murales quedaran ocultas.

En el caso de Ojébar las pinturas muestran un retablo en cuyo cuerpo inferior se representa el martirio de San Sebastián, patrón de la iglesia. Sendos arqueros aparecen asaetando al santo, que no está pintado, por lo que se supone que en el lugar donde aparece dibujada una columna se colocaba una talla exenta. En los extremos, contemplando la escena y sujetando rollos o pergaminos en sus manos, se sitúan dos tribunos o jueces, que han sido identificados con los emperadores Diocleciano y Maximiano, quienes, según relata la Leyenda Aurea de Jacobo de Vorágine, ordenaron el martirio del santo, jefe de una cohorte de escolta del emperador, durante la última persecución contra los cristianos. Toda la escena está enmarcada mediante columnas estriadas de capitel corintio con su respectivo entablamento. En el segundo nivel se muestra una Crucifixión sobre un fondo de estrellas de diez rayos. Abrazada a la cruz aparece la Magdalena, con un gesto un tanto teatral, que comparte con María y San Juan, situados en los extremos, junto a unos árboles deshojados.

Con todos estos elementos se crea una composición muy simétrica, igual que la que se aprecia en el nivel inferior. Si en el primer cuerpo es la figura de San Sebastián la que marca el eje de simetría de la escena, en este segundo nivel es el Crucificado el que conforma el eje central. Entre el arco de medio punto del enmarque y el apuntado formero de la bóveda se encuentra Dios Padre rodeado de nubes y flanqueado por ángeles. Está bendiciendo la escena con la mano derecha y portando con la izquierda el globo terráqueo coronado por una cruz. La técnica empleada para la ejecución de este conjunto pictórico es el fresco seco. Según E. Campuzano, es una pintura lineal de tradición gótica, si bien participa de la influencia renacentista, tanto en la arquitectura clásica de la escena inferior, como en la simetría de las composiciones, la corporeidad de las figuras y la inclusión, aunque tímida, de referencias paisajísticas.

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