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El Diario de Cantabria

LA CONTRACRÓNICA

Hablar o tener razón

La jugada del único gol fue, posiblemente, la más larga del partido. El Racing comenzó tocando desde atrás volviendo repetidamente hacia crespo, lo que generó pitos. Sin embargo, la paciencia tuvo su premio final.

Gonzalo despeja un balón de cabeza bajo la atención de Iván Crespo bajo palos. / J.R.
Gonzalo despeja un balón de cabeza bajo la atención de Iván Crespo bajo palos. / J.R.
Hablar o tener razón

El fútbol puede ser muy puñetero y contradictorio. Es capaz de callar muchas bocas. Sobre todo, la de aquellos que piensan que es lo mismo hablar que tener razón, la de quienes asisten al fútbol como desahogo colectivo y anónimo donde, sobre todo, hay que aprovechar la mínima oportunidad para sacar el revólver. Si no es por una cosa, será por otra, pero siempre es más fácil la crítica destructiva que la constructiva. Lo malo es que el fútbol siempre recuerda y hay que tener cuidado con él porque es capaz de estamparte en todo el rostro todas tus contradicciones. Y claro, quedas mal. Golpeado. Y toca agachar la cabeza.

Lo que sucedió entre los minutos trece y catorce del partido de ayer resultó sintomático e ilustrativo. Fueron minutos capaces de retratar a los que hablan antes de tiempo o no saben muy bien lo que quieren. No son pocos los que han achacado en la última temporada y media a Ángel Viadero la práctica de un fútbol demasiado directo, sin pausa y, sobre todo, sin toque. Son los mismos que echaban flores al juego practicado el curso pasado por la Cultural Leonesa y que tanto gustaba y que tan bien funcionó. Se trata de una idea que apuesta por la paciencia, por el toque en corto desde el área propia para encontrar la mejor manera de salir hacia campo rival y abrir agujeros. Si hay que echar diez balones hacia atrás y volver una y otra vez al portero, se vuelve. No pasa nada. A muchos les saca de quicio, pero a muchos otros les gusta. Al menos, cuando ven los resúmenes en la tele.

Viadero nunca se ha escondido. Siempre ha defendido su idea de evitar los rodeos siempre que exista un camino más corto; de andar discutiendo cuando puedes pelear. Feo, fuerte y formal. Prefiere llegar al área rival en tres pases que en catorce porque entiende que así tiene más posibilidades de coger desordenado al bando rival. Durante algunas fases del presente campeonato, sobre todo en su recta inicial, dio la sensación de que quería jugar a otra cosa y evolucionar, lo que debería haber sido recibido con regocijo por parte de todos aquellos amantes de la estética incluso en el barro de la Segunda B, pero entonces apareció la impaciencia. La contradicción comenzaba a aflorar.

Más directo. Lo cierto es que ayer el Racing no dio síntomas de querer marear demasiado al balón e incluso dio la sensación de que buscaba el área rival con más prisa que en otras ocasiones. En seguida miraba hacia sus extremos y, además, en cuanto  olía la portería a unos metros, ya remataba buscando el gol. Fue así como comenzó el partido. Salió a jugar al Gernika con sus mismas armas y buscando siempre el camino más corto entre dos puntos. Sin embargo, cuando se cumplió el décimo tercer minuto de contienda, el conjunto cántabro intentó otra cosa. Hasta ese momento, el bando vizcaíno se había mantenido muy bien plantado cambiando el 4-2-3-1 con el que atacaba con un 4-4-2 con dos líneas bien juntas en su propio campo y dos delanteros arriba iniciando la presión cuando defendía. Era una presión efectiva porque, por momentos, puso en complicaciones al equipo de Viadero, que buscaba rápidamente enviar el esférico lo más cerca posible de la zona del dinero. Pero cuando se cumplieron esos trece minutos, el Racing comenzó a tocar. Como si hubiera recibido un chispazo de inspiración; como si, por un momento, se hubiera convertido en la Cultural del curso pasado.

Tocaron sus centrales y tocó Antonio Tomás. El equipo verdiblanco intentó avanzar metros sin rifar el cuero pero en varias ocasiones tuvo que tocar hacia atrás al ver que se metía en problemas y que no se abría la puerta. Es lo lógico. Jugar a eso exige paciencia y comenzar una y otra vez hasta descubrir por dónde se cuela el aire. Pero entonces comenzaron a oírse pitos. No es la primera vez que sucede en El Sardinero ante una situación semejante. Y, lógicamente, los jugadores no entienden nada.  Durante la semana, escuchan a tanto analista profesional o aficionado criticar un juego directo, feo y al pelotazo que, cuando intentan otra cosa, y además con sentido, no alcanzan a explicarse esos pitos. La reacción incluso debería ser contraria y aplaudir ese intento por jugar a otra cosa más estética, pero no. Son las contradicciones que genera el fútbol y que no permiten demasiadas preguntas.

Lo bueno de los jugadores del Racing, y que ya habían enseñado más veces este curso ante una situación similar, es que tienen suficiente personalidad como para no dejase llevar por esos pitos de impaciencia. Por eso mantuvieron su apuesta momentánea por seguir tocando y buscando jugando incluso con Iván Crespo. Lo cierto es que, aunque se había especulado con la posibilidad de que muchos aficionados acudieran al campo con la escopeta cargada, esa fue la primera acción en la que se escucharon pitos de verdad. No hubo anormalidad en el campo, que comenzó la contienda como un día más. Hasta que sus jugadores comenzaron a tocar en campo propio. Eso no gustó y el racinguista ya lo había manifestado así en otras ocasiones.

Lo malo para los que pitaron que su equipo intentara sacar el balón jugado es que su propio equipo le calló la boca. De nuevo el fútbol puso en evidencia al que habla antes de tiempo. Porque esa larga jugada que tanto nervio provocó en alguna butaca, continuó. Y el Racing encontró una puerta abierta por la derecha. Fue entonces cuando cambió el ritmo a la jugada, se aceleró, Aquino firmó una gran pared con Óscar y el murciano, de primeras, asistió en profundidad a César para que se plantara solo ante el portero. Y el mano a mano terminó en gol. Aquello había salido bien. Y quien sólo unos segundos antes había estado pitando, celebró el tanto de su equipo . Porque así de loco es el fútbol. Y a buen seguro que hoy pondrá esa acción de ejemplo para mostrar la necesidad de cambiar la idea principal del equipo de Viadero y para afirmar que en verdad se pude jugar a otra cosa. Y no le faltará razón. Porque lo cierto es que, aunque aquella jugada salió bien, el conjunto cántabro no la volvió repetir. De nuevo se entregó al fútbol directo y, sobre todo, después del descanso, al fútbol precipitado y ansioso. Y eso nunca resulta positivo. Por eso después llegaron más pitos. Y esos estuvieron un poco más justificados.

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