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El Diario de Cantabria

CULTURA

Retratos de David Hockney

Hockney nunca ha olvidado el tema del retrato, por ejemplo, a lo largo de su trayectoria: amigos, amantes y familiares han sido objeto de su interés pictórico desde los años sesenta, dándose la circunstancia de repetir retratados que le suscitan especial interés emocional.

Retratos de David Hockney

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ASTA el 25 de febrero la enorme sala 105 del Guggenheim de Bilbao acoge la exposición “82 retratos y 1 bodegón”, de David Hockney (Bradford, Inglaterra, 1937). Ya en 2012 expuso el museo “Una visión más amplia”, a partir de la muestra en  la Royal Academy de Londres, con más de 150 trabajos entre los cuales había varios paisajes monumentales, una de las inspiraciones de Hockney, que tiene una extraordinaria serie pictórica inspirada en Yorkshire. Resumir la trayectoria de quien es sin duda uno de los artistas británicos más influyentes del siglo XX es una tarea que escapa con mucho de esta columna dominical y, por supuesto (me adelanto a quienes me van a criticar por escribir mis impresiones sobre una exposición de arte, terreno supuestamente alejado de mi pobre sensibilidad), escapa con mucho de mis conocimientos. Formado en el Royal College of Art de Londres, Hockney protagonizó la irrupción del arte pop junto con Ronald Kitaj o Peter Blake. Desde su primera exposición individual en 1963, su inquietud artística se diversifica: trabaja como escenógrafo para la Opera de Chicago o la Royal Opera de Londres, produce “joiners” o collages a partir de fotografías que lo aproximan a su admirado cubismo, se interesa por el grabado y la estampación, como se apreció por ejemplo en la serie de litografías “Gemini g.e.l.” (1965), la carpeta de veinte aguafuertes del taller de Aldo Crommelynck titulada «La guitarra azul”, inspirada por Wallace Stevens (1976) o la exposición de 2014 en la galería Dulwich de Londres y el castillo Barnard de Durham. Es destacable la vinculación de Hockney con lo figurativo e incluso con prácticas aparentemente execrables para ciertos paladines de la supuesta modernidad, como es la pintura al aire libre y la asunción de temas tan clásicos como el bodegón, la naturaleza y el retrato.

Hockney nunca ha olvidado el tema del retrato, por ejemplo, a lo largo de su trayectoria: amigos, amantes y familiares han sido objeto de su interés pictórico desde los años sesenta, dándose la circunstancia de repetir retratados que le suscitan especial interés emocional e incluso explorando y desvelando con admirable libertad su propia homosexualidad. La más importante muestra de retratos de Hockney fue en 2006-2007 en la National Portrait Gallery de Londres, que ofreció una retrospectiva de su trabajo como retratista durante medio siglo. Pero, prueba de la constante dedicación del artista a este tema, “82 retratos y 1 bodegón” nos permite ver su trabajo reciente, fechado hacia 2014-2015: es el retrato, en fin, el protagonista de esta exposición del Guggenheim en  la que aparecen personas conocidas junto con otras totalmente desconocidas, pero todas ellas del entorno californiano de Hockney, objetos en el lienzo de la refinada y original mano del pintor, que maneja un acrílico rico y colorista. Afirma Hockney,  en  el breve video que acompaña la muestra, que “los famosos están  hechos para la fotografía.

Yo no hago famosos; la fotografía, sí. Mis amigos son mis famosos… Cada retrato –resultado de una intensa observación— se convierte en  cierto modo en una exploración psicológica”. Y desde luego que las palabras del pintor son acertadísimas: es difícil asistir hoy en día a una exposición con tal catálogo introspectivo sobre tal cantidad de variadas personas que el espectador parece conocer como de toda la vida, tal es la capacidad de captación del artista y el conocimiento que tiene de sus allegados.

Me permito señalar algunos retratos que me han llamado la atención: los de Barry Humphries, Douglas Roberts, Rufus Hale, Celia Birtwell, Didier Ottinger, Jim McHugh, Rita Pynoos, Frank Gehry o los dos de Gonçalvez de Lima, por citar solo algunos de los nombres que son concitados por el genio de Hockney. Es curioso señalar que el trabajo del pintor con cada retrato y retratado fue solo de tres días y que todos ellos aparecen sentados en la misma silla, si bien la disposición de cada uno, de cuerpo entero, varía. Y si el lector se pregunta por qué entre tanto retrato hay un bodegón, es porque ese día le falló a Hockney la persona citada y se dedicó a pintar lo que tuvo a mano sobre la misma silla: la ausencia es también un retrato, el bodegón dialoga también con el resto de personajes que podemos contemplar. Hay otro aspecto que quiero destacar de la exposición y es la sensación de calidez y cercanía que transmite, quizá por la naturalidad con la que aparece la mayoría de los retratados, la alegre paleta del artista o simplemente porque casi todo transmite un buen rollo que se extiende también a la sensación que da el propio Hockney. En fin, no negaré las ganas que me entran de haber sido rico y vivir por Malibú o alrededores y ser retratado, aunque sea con sandalias y calcetines de vestir, por David Hockney.

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